Como quien no quiere la cosa



De todas las formas posibles de contar una historia, Jean Echenoz (Orange, 1947) ha elegido una en la que parece que las cosas pasan así, como quien no quiere la cosa. Digamos que ha creado el estilo Comoquiennoquierelacosa.  Y da la impresión de que nos la cuenta así porque en la vida de Emil Zátopek todo sucedía de esa manera: ganaba las carreras como quien no quiere la cosa, se echaba una novia como quien no quiere la cosa. O al menos eso nos quiere hacer creer Jean Echenoz. Para ello se sirve del recurso de la ingenuidad, de la mirada ingenua del narrador que nos proyecta una imagen candorosa del protagonista. Mucho me temo que esa ingenuidad es sólo aparente, pero consigue hacerse con la simpatía del lector.

Algunos, siempre dispuestos a hacer afirmaciones categóricas, hablan de “una nueva manera de hacer biografía”. Habrá que recordarles la existencia de Vidas imaginarias, del también francés Marcel Schwob, antecedente clarísimo de esta biografía con alma de novela. Por no hablar de F., el injustamente olvidado libro de Justo Navarro sobre la vida de Gabriel Ferrater, y de otras obras en las que el protagonista no sólo es el biografiado, sino también el narrador. Son inseparables los hechos aquí narrados de la vida de Emil, la mayoría de los cuales son verídicos, de la imaginación del narrador que nos los cuenta y que rellena los huecos que, aparentemente, la investigación del escritor no ha podido completar. Esta combinación ha dado lugar a una historia que no es una verdadera biografía, sino que es “otra cosa”, nos dice Echenoz. No sabemos qué. Los hechos de la vida de Zátopek sólo son el material para construir una historia. En lugar de inventarse un personaje y unos hechos, Echenoz ha elegido una persona real y lo ha tratado como un personaje de ficción.

Hablar de  mezcla de realidad y ficción se ha convertido en una especie de muletilla definidora de lo moderno en literatura. Sin embargo, la descripción de una obra como un texto en el que se mezcla realidad y ficción puede valer hasta para el Cantar de mio Cid, si nos ponemos rigurosos. Y se supone que es un hallazgo de la posmodernidad. Así que sería más interesante si hablásemos de cómo se ha hecho esa fusión y con qué resultado. Hay obras en las que lo real y lo ficticio están claramente acotados y son perfectamente distinguibles: un ejemplo es Soldados de Salamina, de Javier Cercas (la historia de Sánchez Mazas por un lado y la del investigador-narrador por otro). No parece que el resultado de ese método sea el más idóneo, pues, en mi opinión, esa separación le hace un flaco favor a la verosimilitud del conjunto. En Correr, lo real y lo ficticio van entremezclados, o, poniéndonos un poco cursis, amalgamados (en perfecta simbiosis, que diría el inefable gran hermano al que alguien le ponía la pierna encima). En esa amalgama lo real y lo ficticio son indistinguibles, y de este modo todo nos parece verosímil, desde la carrera olímpica más documentada, hasta la escena íntima de conocimiento más improbable para el escritor.

En fin, de tanto centrarme en los aspectos formales de la novela casi se me olvida decir que se lee como quien no quiere la cosa, con un lenguaje sencillo y preciso, mérito que Echenoz debe compartir con el traductor Javier Albiñana, que ha hecho un trabajo magnífico.

El asalto de la risa, por Jorge Ibargüengoitia

Jorge Ibargüengoitia en su escritorio

Esporádicamente aparece en mi vida Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928 – Madrid, 1983). Hace unos años tropecé en una librería con la edición de Seix Barral de la novela Esas ruinas que ves: me lo pasé tan bien leyéndola que fue descorazonador darse cuenta de que era la única publicada en España. Pocos años después apareció una recopilación de artículos en la editorial Reino de Redonda, Revolución en el jardín, y también tropecé con ella de casualidad. Puesto que nadie se decidía a publicar más novelas de este genial escritor mexicano, acudí a Internet y así pude conseguir Los relámpagos de agosto y Maten al león. Parece que por fin alguien se decide a publicarle y RBA ha editado este año Dos crímenes y Las muertas.

Acabo de leer estas dos últimas novelas y desde luego me lo he pasado tan bien como cuando leí Esas ruinas que ves, un verano ya olvidado. Encontrar un escritor que huya de la solemnidad como de la peste y haga del humor el motor de su narrativa, es una rareza. Ibargüengoitia es de la estirpe que ha creado a escritores como Eduardo Mendoza o el finlandés Arto Paasilinna, por nombrar a dos escritores todavía en activo.

Ibargüengoitia emplea la función desmitificadora del humor para acabar con las ideas establecidas sobre la historia y la realidad mexicana, o los lugares comunes sobre el bien y el mal. Por el punto de mira de Ibargüengoitia pueden pasar los héroes de la Revolución, los tiranos latinoamericanos, la burguesía de provincias o la intelectualidad progre de aquellos años 60 y 70: ante el asalto de la risa  nada se sostiene en pie, decía Mark Twain. Sin embargo no es un humor hiriente. En una entrevista realizada poco después de la aparición de Las muertas (1977) habla de que en la comedia el escritor debe sentir simpatía hacia el personaje. “La sátira es otra cosa: el escritor odia al personaje y lo presenta como una piltrafa”, apunta más adelante. Esto se ve muy claro en Las muertas. En esta novela se nos cuentan cosas terribles cometidas por personas poco recomendables, sin embargo no podemos dejar de sentir cierta simpatía hacia esos personajes. Ibargüengoitia nos los presenta en su vida personal, una vida cotidiana como otra cualquiera, como la nuestra. Y como dice en la misma entrevista “no es posible vivir sin producirle simpatía a alguien […] nadie en el mundo es totalmente despreciable”. Es ese mundo de buenos y malos que sólo existe en el ideario común lo que Ibargüengoitia arrastra a la realidad, el lugar en el que reinan las debilidades, las equivocaciones, los errores que a todos nos igualan.

Donde quiera que se hable de Ibargüengoitia hay una queja constante sobre la escasa atención que recibe. Al igual que Eduardo Mendoza, es muy popular entre escritores, pero al contrario que el barcelonés, apenas tiene predicamento entre crítica y público. Será, como dice Juan Villoro, que vivimos en una cultura en la que “la intensidad rara vez se asocia con la risa”. O será que tiene un apellido condenadamente retorcido imposible de memorizar, y que alguien le recomendó que se cambiara porque no cabía en los carteles anunciadores de sus obras teatrales. Quizás se deba a que murió prematuramente en un accidente de aviación cerca de Barajas, en una fatídica escala camino de Bogotá. Se dice que llevaba con él el manuscrito de su última novela, mal llamada inacabada, pues el destino quiso que fuese la única realmente acabada.

Quien busque un momento de lectura feliz, que lea a Jorge Ibargüengoitia.