Vladivostok

El Cuerno de oro de Vladivostok

Hablemos de lugares con nombres evocadores. Qué válvulas, qué compuertas se abren en nuestra imaginación al escuchar nombres como Tombuctú o Samarcanda; a qué reinos imaginarios nos transporta la sola mención de Estambul o Bagdad. No importa que la realidad actual de estos lugares sea de lo más prosaica, que en su época soviética Samarcanda se llenase de edificaciones de aplastante uniformidad, con desiertas avenidas por cuya amplitud circulaban libremente los helados vientos del aburrimiento; que Bagdad sea el primer productor mundial de escombros y cadáveres; que Estambul esté llena de MacDonalds. No importa, son lugares que sólo existen en nuestra mente. Así funcionan los misterios del fenómeno evocador.

De todos esos lugares de la imaginación mi favorito es Vladivostok. Su poder de evocación viene de su condición de estación término del ya de por sí evocador Ferrocarril Transiberiano; la ciudad al final del viaje, la ciudad invernal del fin del mundo. Contribuyó también a su misterio el convertirse en ciudad prohibida para los occidentales en la época soviética, pues su puerto albergaba la poderosa Flota del Pacífico y hacía de Vladivostok una ciudad llena de secretos, y seguramente, llena de espías para desvelarlos. También tiene algo de ciudad-compendio, pues su puerto es un brazo de mar al que llaman el Cuerno de Oro, como en Estambul, y también existe una estatua de una sirena, como en Copenhague. Pero la razón por la que para mí es una ciudad mítica es porque fue allí donde se conocieron la profesora de primaria Sofía Vasilievna Gniedich y el miembro de Estado Mayor del Ejército Imperial Japonés de Ocupación, el oficial Tagaki, los protagonistas de Un cuento sobre como se escriben los cuentos, del escritor ruso Boris Pilniak (1894-1938).

Según nos cuenta Sergio Pitol en su prólogo al libro Caoba (Anagrama), Boris Pilniak fue un temprano entusiasta de la revolución rusa, pues veía en ella el único camino de encontrar la verdadera Rusia. Una Rusia con clara vocación oriental liberada de la europeizante fe racionalista y agnóstica inculcada por Pedro el Grande. Pilniak creía en la pasión y pensaba que el primitivismo de las clases campesinas acabaría con los intelectuales y burócratas que representaban la castrante razón europea. Así veía él la revolución, más que como una revuelta de los desposeídos frente a los poderosos. Asia representaba para él el mundo de la pasión. Parecía sugerir, dice Pitol, que en cada ciudad rusa yacía agazapada “una pequeña ciudad china que imprime vida, movimiento, atmósfera y poesía a la otra, dentro de la que está comprimida”. Quizás ése sea otro de los misterios de Vladivostok, que en su corazón asiático se aloja esa pequeña ciudad china que le da vida.

No es de extrañar, pues, que Pilniak eligiera Vladivostok como escenario primero del relato Un cuento sobre como se escriben los cuentos, perteneciente a Caoba, aunque la mayor parte del mismo transcurra en Japón. Un relato que, a pesar del título, de lo que nos habla es de la traición y del corazón oscuro que muchas veces late dentro del arte. Es lo que tiene la metaliteratura, que parece hablarnos de literatura, pero que en realidad nos está hablando de otras cosas. Parece ser que nada es lo que parece

Enseguida comprobó Boris Pilniak la realidad en que se había convertido su revolución soñada, su evocación asiática, pues en 1937 fue enviado a un campo de castigo en el norte de Siberia, acusado de ser un agente trostkista y espía para Japón. Allí murió en una fecha indeterminada entre 1938 y 1941.

A lo que no le dio tiempo es a darse cuenta de que si uno mira mucho hacia oriente acabará por ver occidente. Dicen que en los días claros, si uno sube a alguna de las numerosas colinas que rodean Vladivostok y dirige su mirada hacia el este, puede ver a lo lejos, algo hacia el norte, el moño de Sarah Palin.

Caoba acaba de ser reeditado por Veintisiete Letras.

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El caso Alice Munro

A nada que uno leyera los títulos de algunos libros de Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931), Amistad de juventud, Odio, amistad, noviazgo, matrimonio, Demasiada felicidad, podría pensar en ella como en una escritora decimonónica, o incluso, poniéndonos en lo peor, como en una escritora de novela romántica a la manera telladiana. Si esos poco afortunados títulos (me refiero a los títulos en sí, no a los libros así titulados) no conseguían desinteresar del todo al lector y éste se fuera a la Wikipedia a leer su biografía, allí se enteraría de que Alice Munro había nacido en el seno de una familia presbiteriana de origen escocés muy religiosa, que la mayor parte de su vida había vivido en el campo del oeste canadiense, que se casó muy joven; y quizá esos datos le hubieran hecho relacionarla con el mundo de las escritoras decimonónicas inglesas. Pero este lector-detective, tenaz donde los haya y poco crédulo de las verdades wikipédicas, no ceja en su empeño, y logra enterarse de que uno de los grandes admiradores de Alice Munro en el mundo es Jonathan Franzen, la rutilante nueva estrella de la novela norteamericana; y que este novelista, cuyo último libro descansó en la mesilla vacacional de Obama, resulta que reivindica a Tolstoi. Decimonónico. Pero vayamos más lejos, y pongámonos de nuevo en lo peor. Supongamos que este lector es español, y que acaba por enterarse de que uno de los ponderadores de Alice Munro en España es Muñoz Molina, escritor por quien no siente especial inclinación, pues ha intentado la lectura de varios de sus libros y no ha podido pasar de las primeras páginas, enredado en el aparataje retórico de su prosa pseudomoderna. Y el lector-detective, con todos estos datos, espantado y horrorizado, juraría no leer nunca a Alice Munro, ese monstruo decimonónico.

Menos mal que este lector lleno de prejuicios tiene una amiga nada sospechosa de veleidades decimonónicas que le ha recomendado fervientemente la lectura de Alice Munro, y que el lector lleno de prejuicios le hace caso, porque si no, se habría perdido un montón de cosas buenas. Se habría perdido la deslumbrante sencillez de una prosa limpia y precisa, una especial sensibilidad para captar lo que pasa cuando no pasa nada, un poder de observación de las relaciones humanas que pone los detalles en el centro de la mirada. También se habría perdido el placer de “escuchar” a quien sabe contar una historia, enganchándote desde la primera frase, y que está dotada de una perversa maestría a la hora de ir desvelando la información. Definitivamente Alice Munro no es una escritora decimonónica, aunque tampoco importaría mucho si lo fuera. Es cierto que los finales abiertos, los juegos temporales, las tramas cruzadas en que se estructuran sus relatos, y los personajes que los pueblan, gente corriente de la anodina clase media, la sitúan en una sensibilidad moderna, pero sus virtudes como narradora la elevan por encima de estas preocupaciones del lector-detective.

Suele decirse que cada cuento de Alice Munro encierra una novela. Más que un halago lo que conlleva esta opinión es un cierto menosprecio por el cuento, pues parece como si la brevedad estuviera reñida con la capacidad de expresar ideas. Ella es la demostración, una de tantas, de que la economía del lenguaje no está reñida con el poder de expresión. Cuando le preguntan a Alice Munro por qué no ha escrito novelas ella dice que el relato breve era lo único que se podía permitir, pues escribía durante las siestas de sus hijos. Desde luego, nunca unas siestas han sido tan productivas.

En este mes aparecerá Demasiada felicidad (Lumen), la traducción de su última colección de relatos.