La complejidad de los ríos

El Danubio a su paso por Budapest

Hace ya unos años, unos amigos y yo decidimos dejar atrás nuestra existencia sedentaria y comenzar una nueva vida de aventuras. Aquella disposición vitalista y audaz nos llevó a lugares insospechados: montañas africanas, desiertos, travesías alpinas. Lugares que no costaría mucho enumerar aquí, pues, al darnos cuenta de que por muy lejos que te vayas la pelma necedad humana te persigue sin remedio, la efusión aventurera fue enfriándose, hasta desaparecer en un tiempo más bien breve.

El primer acto de aquella efímera historia viajera fue una excursión al “nacedero” del río Urederra, destino recurrente del excursionismo navarro, a los pies de la Sierra de Urbasa. Una mañana de otoño, seguramente más pertrechados y avituallados de lo que la dificultad del recorrido aconsejaba, comenzamos a remontar el curso del Urederra después de una inicial aproximación desde el pueblo de Baríndano, donde habíamos dejado el coche. La mañana era soleada y los rayos de sol se colaban entre las ramas de las hayas y los robles iluminando los primeros remansos que formaba el río tras su accidentado descenso de la montaña. Eran de un deslumbrante color turquesa, un color casi imposible que sólo hubiéramos imaginado en lugares más remotos y exóticos. Un lugar verdaderamente ameno. Envueltos en  aquella sensación paradisíaca que estábamos experimentando, continuamos montaña arriba por la orilla del arroyo. A nuestro lado se iban sucediendo pozas y pequeños saltos de agua y el sol seguía colándose entre las ramas. La sensación paradisíaca continuaba. Después de un tiempo de ascenso topamos con una dificultad: un brusco empinamiento del terreno que sólo parecía conducir a un muro rocoso. Aquello parecía el final del camino. Además, escorándonos hacia el río y asomándonos, no sin dificultad, en dirección al muro, se veía un gran salto de agua que parecía salir de las entrañas de la roca. Ya habíamos llegado. Allá estaba la cola de caballo de la que nos habían hablado. El chorro primigenio. Nos pareció decepcionante que para verlo tuviéramos que estirar el cuello, pero nuestra candorosa inexperiencia y el hambre que ya teníamos nos aconsejaron sentarnos y dar cuenta del avituallamiento.

Queso, jamón, chorizo, pan, vino. Todo estaba buenísimo. Nuestra primera excursión había sido un éxito. Las nuevas sensaciones experimentadas colmaban nuestras expectativas. A medio almuerzo oímos como alguien se aproximaba. De lo alto de aquel empinamiento que habíamos considerado infranqueable descendía un grupo de excursionistas. Vaya, algo fallaba. Con impostada camaradería montañera les preguntamos si había algo interesante por “allí arriba”. Nos miraron con extrañeza, y con un cierto aire de desprecio respondieron:

—Pues… el nacedero.

A la primera sensación de fracaso le sucedió una explosión de risa. No era posible que fuésemos tan malos. Así que aquello no había acabado, y nosotros comiendo tan felices con la satisfacción de nuestra primera conquista. Bueno. Recogimos todo y continuamos montaña arriba. Conforme avanzábamos, al rumor del agua se iba añadiendo el sonido de la gente. Aquello nos confirmaba que ahora sí íbamos a llegar al origen verdadero. En un momento dado llegamos a una poza rodeada de un pequeño circo rocoso. De lo alto de la roca caía, de nuevo, una cola de caballo. Varias personas que, según supimos luego, habían llegado por un camino más fácil y corto, estaban por las inmediaciones y sacaban fotos de la estampa. Aquello debía ser. Pero estábamos escarmentados. No queríamos fracasar otra vez, así que para asegurarnos, continuamos hacia arriba tratando de encontrar de dónde venía el agua hasta aquella cola de caballo. Y así llegamos a una minipresa, de construcción humana, que formaba una pequeño estanque del que manaba el agua que se dirigía a la cola de caballo. En el estanque desembocaba un canal que se perdía entre la maleza. Debíamos seguir más arriba. Continuamos pues subiendo por una pendiente. Alguien nos dijo que más arriba había una cueva de la que salía el agua. La pendiente se empinaba demasiado. Ya no se oía el rumor del agua ni de la gente. Estábamos ya muy cansados y aún debíamos volver hasta el coche. Había que aceptar la derrota. Abandonamos. Volvimos al coche tras una larga marcha, y a casa, a mascullar la derrota y la frustración.

A mí aquella frustración me duró hasta que un día, leyendo sobre los exploradores de las fuentes del Nilo, me sentí en cierto modo identificado. No es fácil encontrar los orígenes de los ríos. Aquellos exploradores ingleses del siglo XIX también iban buscando un origen concreto: un arroyo manando limpio de las entrañas de una montaña lejana, o un lago cuyo desagüe marcaba un comienzo preciso, inteligible, transmisible. Sin embargo se encontraron con una serie de lagos interconectados, zonas pantanosas entre ellos, fuentes secundarias. Un origen difuso y complejo que nada tiene que ver con la idea simple y tranquilizadora que ellos llevaban en mente. Me lo puedo imaginar. Parece que nuestras ideas simples y tranquilizadoras chocan con la inquietante complejidad del mundo.

Pero quien mejor habló de esto fue Claudio Magris (Trieste, 1939) en su libro El Danubio.  Un extrañísimo artefacto literario lleno de erudición y autobiografía, mezcla de libro de viajes (de hecho las vicisitudes del viaje a lo largo del río por parte del narrador, apenas ocupan algo de espacio en las páginas de este volumen), ensayo, novela, crónica histórica. Infinitas historias de países, pueblos, ciudades de Mitteleuropa, y también de sus personajes: escritores, historiadores, ingenieros…

Tratándose de un río no podía faltar la referencia a su nacimiento. Y también el del Danubio ha sido objeto de discusiones y disputas. De él han hablado dando distintas versiones Herodoto, Estrabón, César, Plinio, Ptolomeo, Séneca… Incluso hoy en día hay dos poblaciones de la Selva Negra, Furtwangen y Donaueschingen, que disputan por acoger el origen del río. Magris nos cuenta la historia del sedimentólogo e historiógrafo de errores Amedeo, el cual toma partido por la tesis de Donaueschingen. Un día, acompañado de sus hermanas Maddalena y Maria Giuditta, emprende una excursión en busca del origen verdadero del Danubio.

En una carta que comienza muy detallada nos transmite que el agua del arroyo origen del Danubio brota del suelo a los pies de una colina. Amedeo y sus dos acompañantes emprenden la ascensión de esa pequeña colina para darse cuenta de que el suelo está empapado, encharcado por minúsculos arroyuelos. Lógicamente, si el agua del arroyo es el Danubio, ese agua que empapa la colina y alimenta al arroyo también es el Danubio. La tierra de la colina absorbe ese agua, la filtra y la devuelve a la vista allí donde nace el arroyo. Animado Amedeo por su curiosidad científica continúa la ascensión de la colina. Unos metros más arriba se encuentra con una casa del siglo XVIII, flanqueada por una leñera al lado de la cual pasa un canalón del que mana abundante agua en dirección a la pendiente. Nos dice Magris, con cierta sorna: “Si el río es agua visible, expuesta al cielo y a la mirada de los hombres, el canalón es el Danubio”. En ese momento, Maria Giuditta se adelanta a Amedeo y Maddalena pendiente arriba, en dirección a la casa, se encuentra con la dueña que le dice que el agua llega al canalón desde un lavadero y que el lavadero lo llena un grifo que nadie consigue cerrar y que está conectado a una tubería de plomo tan antigua como la casa que va a perderse vaya usted a saber dónde. En ese momento sublime leemos: “Es posible que Amedeo se distrajera por una pregunta que le gritó Maddalena, que se había quedado un poco rezagada, blanca y hermosísima. ‘¿Y qué sucedería si cerraran ese grifo?’ La imagen de Bratislava, Budapest y Belgrado secas, de los objetos antiguos y de las osamentas en el inmenso cauce del río vacío, debe de haber dirigido su mente hacia dimensiones metafísicas de la causalidad y del período hipotético. ¿Qué sucede allí si aquí sucede algo?”

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La dinamitera ilustrada

Las teorías salvajes (Alpha Decay, 2010), de Pola Oloixarac

Parece un hecho aceptado que el género humano tiene una clara inclinación a tener teorías sobre cualquier cosa (y a defenderlas hasta el final). Es de suponer que eso tiene que ver con nuestra natural tendencia a explicarnos el mundo y a nosotros mismos. Las teorías son infinitas e inabarcables, y esa dispersión ha generado otra tendencia que consiste en tener una teoría que lo explique todo. Estas teorías totalizadoras se caracterizan por querer las nuevas imponerse sobre las antiguas y la historia del mundo parece que ha consistido en un constante relevo de teorías que se han ido imponiendo unas a otras, con todo el reguero de destrucción y campos humeantes que eso ha ido dejando.

Pero, menos mal, también existe otra tendencia humana que es la saludable opción de ir mandando teorías al carajo. Este trabajo de higiene intelectual, en literatura casi siempre ha elegido el camino de la sátira, lo que ha dado lugar a una larga lista de teorías disparatadas. Baste recordar algunas, como la de aquel científico del que nos hablaba Swift en Los viajes de Gulliver, que trataba de sacar rayos de sol de los pepinos, invirtiendo el proceso de la fotosíntesis. O aquella propuesta de Tristram Shandy de bautizar a los “homunculi” (espermatozoides con las características completas de un hombrecillo) antes de abandonar su alojamiento testicular “avec une petite canulle”, remitida a los doctores de la Sorbona que discutían interminable y escolásticamente la teoría de si era posible bautizar a un niño antes de que naciera. O la Patafísica de Alfred Jarry, ciencia que se dedica al estudio de las leyes que rigen las excepciones.  O la hilarante lista de teóricos de La sinagoga de los iconoclastas, de J. Rodolfo Wilcock

Pola Oloixarac

En Las teorías salvajes, Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977) también utiliza la sátira para poner en solfa algunas teorías. No tiene piedad, por ejemplo, con el psicoanálisis; y lo hace en Argentina, el país que casi hizo de esta teoría parte de su carácter nacional. También salen malparados los ideales de la generación del 68, convirtiéndose así en una nueva aliada de Houellebecq, con el que ya se han señalado sus concomitancias. Pero si hay un tema que recorre la novela de principio a fin, es el de la violencia. Los crueles ritos de iniciación de las comunidades primitivas que figuran a modo de ilustración, el arte de la guerra como estrategia de seducción que practica uno de los personajes, los grupos guerrilleros de los 70… De hecho Oloixarac parece decirnos que la violencia impregna la sintaxis de la vida, nuestra forma de relacionarnos. Todo ello me ha hecho recordar aquella frase de J. Rodolfo Wilcock: “Los utopistas no reparan en medios; con tal de hacer feliz al hombre están dispuestos a matarle, torturarle, incinerarle, exiliarle, esterilizarle, descuartizarle, lobotomizarle, electrocutarle, enviarle a la guerra, bombardearle, etcétera: depende del plan”.

Pero lo que realmente destaca de esta novela de ideas, lo que la rescata de la mediocridad general y la hace original, esa palabra tan demodé, es su lenguaje, el hallazgo de su prosa. Una mezcla de lenguaje teórico-filosófico lleno de erudición y salpicado con la jerga de internet: tenemos la sensación de que nos está hablando una hacker ilustrada. Es una mezcla barroca de alta y baja cultura, una prosa que trata de averiguar el signo de los tiempos en todas las manifestaciones de la cultura, desde Hobbes hasta la serie televisiva Lazos familiares, por poner un par de referencias que aparecen en el libro. Uno puede encontrar una descripción de un manual de guerra del tiempo de los griegos o una serie de instrucciones para hackear el Google Earth y cambiar así el mundo.

Pola Oloixarac es un soplo de aire fresco para la literatura, algo siempre necesario. Habrá que estar atentos a su próxima novela. Parece que tratará de orquídeas.