Pensamiento rupestre

Los nadadores

Allá por los primeros años treinta del siglo XX, el conde húngaro László Almásy, probador de coches, aviador, explorador, espía e investigador (polivalencia muy extendida en la aristocracia de la época), en una de las muchas expediciones que realizó por el desierto líbico, la parte del Sahara oriental entre Egipto, Libia y Sudán, descubrió una cueva con pinturas rupestres en cuyas paredes estaban representadas figuras humanas que parecían estar nadando: aquella cavidad situada en la altiplanicie rocosa de Jilf al Kabir es conocida hoy como la Cueva de los nadadores. Nos lo cuenta Almásy en su libro Nadadores en el desierto (Península), aunque lo podemos ver en la película El paciente inglés, basada en la novela del mismo título del escritor canadiense Michael Ondaatje. El descubrimiento del conde venía a unirse a otros realizados en el mismo territorio y que habían sacado a la luz pinturas paleolíticas en las que se representaban antílopes, cebras, jirafas y otros animales más propios de lugares menos áridos. Para aquellos observadores había una clara incongruencia entre el paisaje desértico que se extendía interminable a las puertas de aquellas cuevas y las escenas de caza y de ocio más propios de la sabana o incluso de zonas más exuberantes a muchos cientos de kilómetros al sur.

Los descubrimientos de pinturas en general, y en particular la sugerente Cueva de los nadadores, concitaron la atención de todo el mundo científico y encendieron su imaginación con la suficiente fuerza como para ir produciendo hipótesis de todo tipo: que si eran obra de los bosquimanos, que si de los garamantes; que si tenían intención mágica, que si propiciatoria de la caza, etc. Pero todos tenían claro que aquello demostraba que el Sahara no siempre había sido un desierto. Incluso el polifacético Almásy elaboró una teoría que explicaba el origen de la cultura egipcia en aquellos parajes antaño fértiles, en contra del parecer académico que hasta entonces lo había situado en Mesopotamia.

Pero nunca nadie puso en duda el valor documental de aquellas pinturas, es decir, nadie dudaba de que quienes habían representado aquellas figuras lo hacían porque lo veían a su alrededor. Su intencionalidad podía ser religiosa, propiciatoria de la caza… lo que fuera; pero pintaban lo que veían. En el mundo rupestre no había sitio para la imaginación.

En julio de 1996, viajaba yo en compañía de unos amigos por el sur de Marruecos. Habíamos salido de la ciudad de Ouarzazate a bordo de un Land Rover blanco y nos dirigíamos a las dunas de Merzouga. En las inmediaciones de la ciudad de Tinerhir, hicimos una parada para estirar las piernas y tomar algo. Entramos en un café de carretera. Cuando nuestros deslumbrados ojos de turistas se adaptaron a la penumbra repentina, comenzaron a percibir una serie de pinturas que cubrían buena parte de las paredes y todo el frente de la barra. Eran varios cuadros independientes. En algunos se podían ver representadas las palaciegas construcciones de adobe que habíamos visto en nuestro recorrido, pero lo que resaltaba entre todos ellos eran varias representaciones de ríos caudalosos que recorrían valles alfombrados en verde. El agua era de un azul brillante y el artista naíf había puesto especial cuidado en representar los cristalinos reflejos de su superficie. No faltaban las palmeras y otros árboles que salpicaban los paisajes con sus formas ingenuas. Si uno salía del café y miraba a su alrededor lo más acuático que veía era un cartel anunciando la venta de agua de rosas, y las escasas manifestaciones vegetales apenas destacaban en el ocre dominante. Pero no hacía falta salir al sol abrasador del mediodía para darse cuenta de que aquellos paisajes eran idealizados, que aquello tenía más que ver con el deseo que con la realidad.

Uno de los cuadros marroquíes

Así que mientras el pintor de los nadadores estaba infundido de un espíritu documental, el pintor naíf marroquí cultivaba la nostalgia de un paisaje imposible.

O quizá no.

Quizá el pintor rupestre fuera también cultivador de alguna nostalgia. Podría ser. Quizá al pintar aquellos nadadores estaba fijando en la piedra un recuerdo lejano, un recuerdo de infancia lejos de aquellas cuevas, un momento feliz en un lugar lejos de allí, haciéndolo presente en aquel mundo árido que en ese momento era su hogar. Quién sabe lo que fue de su vida. O quizás el pintor tenía un tío viajero (como el tío Ceferino de Juan Rulfo), que le contaba historias de sus viajes y al que siempre hacía repetir la de aquellos hombres que se lanzaban al agua en un río muy grande. Por ejemplo.

Si así fuera, aquellas figuras flotantes tenían todo su sentido en medio del paisaje desértico. Si así fuera, el viejo pintor rupestre no tendría que cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de demostrar que el desierto más grande del mundo en el pasado había sido un vergel.