A la intemperie

Sukkwan Island (Alfabia, 2010)

También los libros pueden ser víctimas de su éxito: venía a decirlo Daniel Espinar en su blog Miedo a la literatura acerca de la lectura tardía de Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo. La sobreinformación acumulada por su curiosidad ante el “fenómeno Nocilla”, había hecho que llegase a la obra con un equipaje informativo que lastraba la lectura de demasiadas ideas preconcebidas y con una opinión ya formada sobre su autor previa a la lectura de ninguna de sus obras. Después de leerla se dio cuenta de que la novela no estaba mal, si uno la sacudía de todo el polvo teórico con la que venía cubierta.

Esto me hizo pensar en el momento en que yo leí Nocilla Experience, la segunda de la saga, y en que los libros también pueden ser víctimas de sus autores. Recordé que había acudido a aquel libro con la desconfianza que me había producido escuchar a su autor proclamar la renovación radical de la literatura, y la identificación de toda la literatura actual con la tradición decimonónica. Me sonó a esa polémica recurrente en la que, a estas alturas, algunos salen en defensa de la pintura abstracta frente a la figurativa. Así que me acerqué a la experiencia nocillesca con una actitud displicente, pensando: “a ver que ha escrito este bocazas”. Aunque puede afirmarse que aquel libro no rompía tan radicalmente como se proclamaba con la tradición literaria, no quitaba que estuviera muy bien y que, además, tuviera un aire novedoso y alternativo. Será que tenía razón Bolaño cuando decía, en una rotunda declaración de amor a la literatura, que todo libro, por muy malo que fuese (y no es el caso), siempre tenía algo bueno.

De todo esto saco dos conclusiones: una, que el exceso de información puede crear grandes expectativas o grandes desconfianzas, y que juzgar la obra desde ambas posiciones no deja de ser una injusticia; y dos, que si Agustín Fernández Mallo fuera un escritor secreto, sus libros serían mucho mejores

Algo parecido puede suceder con la ópera prima Sukkwan Island, del escritor norteamericano David Vann. A pesar de ser su primer libro, la blogosfera está que echa humo, y los reseñistas no reparan en elogios y en comparaciones con santones literarios (Cormac McCarthy, William Faulkner y Ernest Hemingway a la cabeza de la clasificación) y, por supuesto, nadie olvida narrar (incluido el autor) la trágica historia personal que propició la novela. Por un lado, las hordas críticas en busca del referente desconocido (lean el artículo de Antonio J. Rodríguez Leed esto, pazguatos, referido al “fenómeno” Pola Oloixarac) que lo han convertido en el descubrimiento del año y por otro, el añadido componente de autenticidad que le da la tragedia personal del autor que ha inspirado la historia, hacen de Sukkwan Island un libro imprescindible. Añadamos a ello que viene bendecido desde Francia con el premio Médicis y con unas ventas apreciables. Difícil resistirse, ¿eh?

¿Producirá grandes decepciones? ¿Será de nuevo un buen libro víctima de las toneladas de elogios con que viene precedido, o de la indiscreción de su autor?

Lo único que yo puedo decir es que he pasado mucho frío leyéndolo. Primero porque gran parte de la acción transcurre casi totalmente a la intemperie de una Alaska invernal, pero sobre todo porque David Vann nos lleva a una suerte de intemperie emocional, poniéndonos ante una figura paterna egoista y cobarde y un hijo que siente su presencia con gran incomodidad. Esa tensión es el motor de la novela, una historia que comienza como una aventura robinsoniana, con un hidroavión amarillo del que desembarcan padre e hijo en una isla desierta frente a las costas de Alaska, pero que pronto adquiere tintes shakesperianos.

Si os parece, leedla antes de leer más sobre ella.

Anuncios