Horizonte tangencial

Hubo un tiempo en el que el conocimiento del mundo estaba regido por el sentido común. Esa época dorada acabó el día en el que el infame Copérnico, con su absurda teoría de las esferas, convirtió el hasta entonces bellísimo y sencillo mundo plano cubierto por la inmensa cúpula de estrellas en un universo de bolas danzantes más parecido a la vulgar cursilería de un pino navideño que a una sensata y grandiosa obra del Creador.

Eso pensaba Charles K. Johnson, quien, durante treinta años al frente de la Sociedad Internacional de la Tierra Plana, trató de devolver al mundo su cordura.

Charles K. Johnson vivió su vida vegetariana junto a su mujer Marjory en compañía de varios perros, gatos y gallinas en una casa situada sobre una colina del sur de California, desde la que se dominaba la majestuosa llanura del desierto de Mojave. Aun cuando su creencia en una Tierra plana hundía sus raíces en las Sagradas Escrituras, nunca un paisaje había modelado tanto la mente de un hombre. Su idea de un mundo en forma de disco, cuyo centro exacto es el polo norte y cuyo límite exterior son unas infranqueables paredes de hielo de 45 metros que nos separan de lo desconocido, se veía ratificada cada mañana al asomarse a su ventana y contemplar la inmaculada horizontalidad del desierto.  No importaba que no lejos de allí, en la ciudad de Lancaster, se encontrara la planta Rockwell International, la factoría en la que se construían los transbordadores espaciales, ni que, más al norte, se encontrara la base aérea de Edwards, en la que de vez en cuando aterrizaban aquellas naves procedentes del espacio exterior. Todo esto formaba parte de la gran conspiración coperniciosa, destinada a desmantelar la idea de arriba y abajo, y, por extensión, la existencia del cielo y el infierno: o sea, un ataque alevoso a los conceptos del bien y del mal. El esfericismo no es sólo un error de percepción de la realidad, sino un teoría inmoral.

Charles K. Johnson accedió a la presidencia de la Sociedad de la Tierra Plana —heredera espiritual de la Sociedad Zetética Universal— en 1971, a la muerte de su fundador Samuel Shenton. Su gestión, a pesar de su aislamiento californiano, debió de ser magnífica, pues la Sociedad pasó de contar con unas decenas de socios a varios miles. Bien es verdad que los requisitos para formar parte de ella no eran muy exigentes: amor a la verdad, el compromiso de nunca difamar a la Sociedad y una cuota de 10 dólares que daban derecho a recibir cuatro números de la revista The Flat Earth News, en la que uno podía encontrar pruebas irrefutables de la planitud de la Tierra si se lograba descifrar su prosa esquizofrénica.

Portada de un número de la revista Flat Earth News

Para Charles K. Johnson los hechos son superiores a la teoría. Verbigracia: la creación prueba que existe un Creador; viajar hacia las antípodas prueba que sus habitantes no están cabeza abajo; la superficie del lago Tahoe, que debería tener una curvatura en el caso de que la Tierra fuera un globo, está totalmente plana, según su atenta observación. Sin ir más lejos, su esposa Marjory, secretaria de la Sociedad y de nacionalidad australiana, hizo una declaración jurada en la que afirmaba que ella nunca había colgado de los pies en Australia. Con estos hechos incontrovertibles y una inagotable reserva de sentido común, el Último Iconoclasta, como le gustaba llamarse a sí mismo, arremetía contra la superstición de la esfericidad y contra la falsa religión que es la Ciencia.

En esta cruzada antiesférica Charles K. Johnson nunca se sintió solo. Sabía que la razón estaba de su parte, pues a lo largo de la historia, un puñado de elegidos, cuya contribución al desarrollo de la civilización humana no es en absoluto desdeñable, han estado del lado de la sensatez. Comenzando por Moisés, el mensajero de los diez mandamientos; siguiendo por Cristóbal Colón, descubridor de las Américas a pesar del empeño de su tripulación en pensar que navegaban sobre un globo; George Washington, cuyo desacuerdo con la Iglesia de Inglaterra, que defendía la teoría copernicana, fue el origen de la revolución que condujo a la independencia de los Estados Unidos; e incluso los mismísimos Stalin, Churchill y Roosevelt, que a punto estuvieron de declarar la Tierra plana poco después del fin de la segunda guerra mundial, en la famosa reunión de Yalta. No sabemos porqué no lo hicieron.

Pero la verdadera fuente de su pensamiento es el libro del creador de la Sociedad Zetética Universal, el británico Samuel Birley Rowbotham: Astronomía Zetética: una descripción de varios experimentos que prueban que la superficie del mar es un plano perfecto y que la Tierra no es un Globo. La primera edición en forma de panfleto de dieciséis páginas apareció en 1849. En 1865 apareció una segunda edición que ya ocupaba más de doscientas y la definitiva y tercera vio la luz en 1881 y había crecido ya hasta las cuatrocientas treinta páginas. En él nos explica el método zetético, término que proviene del verbo griego zeteo, que significa investigar, examinar, indagar en las causas inmediatas y constatables. Frente a este método se encuentra lo teórico, de carácter especulativo e imaginario, no tangible. Está claro cuál de los métodos está más cercano a los hechos reales y cuál a las fantasías orbitales.

También se nos describe el universo zetético por capas: en la más baja arde un fuego eterno, encima del cual, de alguna manera misteriosa, se sostiene el inmenso océano sobre el que flotan los continentes. Arriba del todo, a sólo unos tres mil kilómetros de la superficie terrestre —la distancia entre Nueva York y Los Ángeles, decía Charles K. Johnson—, se sostienen el sol y la luna, dos discos de 50 kilómetros de diámetro que brillan con luz propia. También establece el mapa de la superficie terrestre, de proyección polar: coincide prácticamente con el que años después sería el emblema de la ONU.

La parte más importante del libro es una descripción de experimentos que demuestran irrefutablemente la planitud de la Tierra, seguida de una refutación paso por paso de las supuestas pruebas de la esfericidad de la Tierra con capítulos bellamente titulados, como por ejemplo: Variabilidad de las vibraciones pendulares o Inevitable esfericidad de la semi fluidez.

Otros personajes a los que Charles K. Johnson debe algún tributo intelectual son el reverendo Wilbur Glenn Voliva, de Illinois, el cuál ofrecía, allá por 1920, cinco mil dólares a quien le probara que la Tierra no era plana, y David Wardlaw Scott, para quien la astronomía moderna estaba creada por Satán para desacreditar la verdad de Dios.

Ante este alarde de pensamiento y sensatez, nada tienen que hacer las fotografías del globo terráqueo que envían los satélites o las imágenes de Armstrong dejando su huella sobre la superficie polvorienta de la Luna. De todos modos es de dominio público que el aterrizaje en la luna fue una farsa creada en los estudios de Hollywood, con guión de Arthur C. Clarke y dirección de Stanley Kubrik.

Pocos detalles de la vida de Charles K. Johnson, el Último Iconoclasta, han llegado hasta nosotros. La vida en el rancho californiano, privados de superficialidades como la luz eléctrica y el agua corriente, consistía en responder a los miles de consultas que recibían por correo de todo el mundo pidiendo pruebas fehacientes de la planitud de la Tierra, en escribir y editar la revista de la Sociedad y en llevar a cabo observaciones y mediciones inspiradas en los experimentos de Rowbotham, sobre todo en el Lago Tahoe o en el Mar de Salton, un lago salado poco profundo cerca de la frontera con México. Sin embargo ha quedado para la posteridad el momento en que Charles y Marjory se conocieron. Fue en una tienda de discos de San Francisco, cuando los dos iban en busca del mismo disco: Stranger on The Shore, del clarinetista de Jazz Acker Bilk.

Sabemos también que a finales de 1995 el hogar de los Johnson se incendió. A duras penas Charles pudo poner a salvo a Marjory, ya entonces casi inválida, pero todo lo demás quedó destruido: sus posesiones personales, la biblioteca y archivos de la Sociedad de la Tierra Plana, la lista de miembros… Al no tener seguro contra incendios, fueron incapaces de reconstruirla, teniendo que ir a vivir a una desvencijada caravana que habían utilizado de cobertizo. Meses después Marjory se rompía la cadera. Aun cuando superó la operación, murió el 16 de mayo de 1996. Cansado de su lucha contra la superstición, Charles K. Johnson murió el 19 de marzo de 2001.