Paisaje tras la lectura de Residuos

Residuos, de Tom McCarthy

Para empezar, una teoría de lo más arbitraria. Es de suponer que habrá muchas clases de lectores, algunos dirán que tantas como personas que leen: dice el tópico que cada persona es un mundo, así que cabe pensar que cada lector también ha de serlo. Pero todas esas clases se pueden acoger a las dos grandes categorías en las que podemos dividir el mundo: una, la de aquellos que siempre quieren leer el mismo libro, y dos, la de los que les gusta que les sorprendan. Residuos, del británico Tom McCarthy, gustará a los lectores de la segunda categoría. Seguramente los de la primera la encontrarán un capricho extravagante.

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Durante un tiempo un antiguo compañero de estudios me contaba que un día, en una fiesta que tenía lugar en un colegio mayor a la que asistíamos los dos junto a otros amigos, se había declarado una pelea multitudinaria, y que yo, en un arrebato que él encontraba encantador, le entregué mis gafas para que me las cuidara y me metí en el lío a repartir mamporros a diestro y siniestro. Me hubiera encantado ser el protagonista de la historia, sin embargo yo nunca asistí a esa fiesta y, ni que decir tiene, en mi vida he soltado un mamporro a nadie. Él insistía: “Parece que lo estoy viendo”.

No hace mucho contaba yo una insulsa anécdota que atañía a un coche de mi padre. Al rato me di cuenta que en el año del sucedido, ese coche ya no existía. Sin embargo, tanto entonces como en este preciso instante “parece que lo estoy viendo”.

La invención de los recuerdos, la mezcla o intercambio de memoria e imaginación, la frontera difusa entre realidad y ficción; no como elaboraciones artificiosas, sino como elementos que forman parte de nuestras vidas. Con todo ello tiene que ver la historia que nos cuenta Tom McCarthy con un lenguaje desenfadado y un humor contenido.

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Los creyentes en las literaturas nacionales suelen tener la costumbre de comparar a los jóvenes escritores con un modelo clásico o consagrado: “El Dickens de América”, “El Kafka del Caribe”, “El Flaubert español”, “La Chejóv canadiense”. Otros, en un afán de precisión comparativa, encuentran el modelo en la combinación de varios de ellos: “Fulanito de Tal, una mezcla de Hemingway, Faulkner y Cormac McCarthy”.

La búsqueda de afinidades puede llegar a territorios profundos, pero muchas veces tiene unas bases francamente débiles y pueden encontrarse en las cosas más insignificantes. Sin ir más lejos, a lo largo de la lectura de Residuos han ido viniendo a mi mente los siguientes escritores:  Georges Perec, Laurence Sterne, Enrique Prochazka… y otros que ya he olvidado. Otros reseñistas han encontrado destellos de Philip K. Dick y concomitancias con alguna película de Charlie Kaufman. Todo este batiburrillo es imposible que pueda dar una idea de cómo es Tom McCarthy como escritor, y quizá sea lo mejor, pues con este libro ha conseguido el más que loable objetivo de convertirse en un escritor único.

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Tom McCarthy ostenta el cargo de secretario general de una sociedad semi-ficticia denominada Sociedad Necronáutica Internacional. El primer artículo de su manifiesto fundacional dice: “La muerte es un territorio que tratamos de cartografiar, invadir, colonizar y, finalmente, habitar”. Según el propio secretario general, quieren hacer con la muerte lo que los surrealistas hicieron con el sexo, sea eso lo que sea. Para ello se dedican a hacer performances en el circuito de centros de arte contemporáneo: la Tate Modern de Londres, el Moderna Museet de Estocolmo etc.

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