Almas finlandesas

En una ocasión, hace de esto muchos años, con motivo de la inauguración de una exposición del artista Dick Rekalde, un grupo de gente cenábamos en un restaurante donostiarra cuyo nombre no recuerdo, ni quiero acordarme y que nada le aportaría a nadie que me acordase. Entre los comensales de aquella concurrida mesa se encontraba una chica finlandesa de voz potente. En su manera de hablar castellano se mezclaban un indeterminado acento extranjero y una versión exagerada de la característica prosodia de los donostiarras: su vertiginoso discurso incluía de vez en cuando palabras y frases en euskera, lo que daba a entender que llevaba algunos años en la ciudad y que era una persona desinhibida y abierta a otras culturas.

A nuestro lado, completando el aforo de aquel restaurante subterráneo, una mesa mucho más larga y concurrida que la nuestra: inopinadamente, aquella numerosa reunión de seres humanos de cariz hispánico apenas producía un rumor leve, en contraste con la norma por estos pagos, donde reina la bullanga ensordecedora que apisona a los espíritus sensibles. Bendita paradoja.

A los postres cesó el rumor de la mesa vecina para dar paso a un sonido de voces melodiosas que entonaban canciones del repertorio folklórico y clásico. Resulta que eran integrantes de una coral, o un orfeón (no sé cual es la diferencia). Nos vimos obligados a aplaudir su virtuosismo, aun cuando hicieron que las conversaciones de nuestra mesa se interrumpieran. En un momento dado comenzaron a entonar una canción no identificada para mí, pero que hizo que nuestra amiga finlandesa saltase como un resorte de la silla y se uniese a la coral presa de una emoción que uno encontraría incompatible con la presunta frialdad nórdica, pero que era verdadera y profunda. Al acabar, a punto del llanto, informó a la coral que ella era finlandesa y que aquella canción que acababan de cantar era del compositor finlandés Jean Sibelius, y, en fin, que le había llegado al alma. Se trataba de la versión coral del final de la sinfonía Finlandia, versión que Sibelius había arreglado para que sirviera como himno del país recién independizado, pero que nunca llegó a convertirse en himno oficial.

Sibelius trató de constituir musicalmente el alma finlandesa y para ello encontró su inspiración en los bosques y lagos que cubren gran parte del país. Si hacemos caso a Alex Ross (El ruido eterno, Seix Barral), en la última etapa de su vida, Sibelius “pensaba que podía oír acordes en los murmullos de los bosques y en el sonido del agua de los lagos al lamer la tierra”. Cuentan que en una ocasión dejó atónitos a unos estudiantes en una conferencia en la que disertó sobre la serie de armónicos de un prado.

No es de extrañar, entonces, que aquella música conectara tan profundamente con el alma finlandesa que cenaba con nosotros y le hiciera presente la esencia de su tierra de forma tan melancólica.

Otro investigador del alma finlandesa, Arto Paasilina (Kittila, 1942), fue guardabosques y poeta antes de convertirse en novelista. Sus antecedentes quizá hubieran inclinado su búsqueda, al igual que Sibelius, entre las masas forestales que le eran tan familiares. Aunque es cierto que los bosques y lagos juegan un papel en sus novelas como lugares puros, lugares de libertad, lo que a Paasilina le interesa más es la parte oscura del alma. Así nos habla de la intolerancia de la masa en El molinero aullador, o de esa plusmarca finlandesa como país con mayor índice de suicidios en Delicioso suicidio en grupo, o de la corrupción y la violencia que se esconden bajo el aparente bienestar nórdico en La dulce envenenadora, las tres novelas suyas que he leído últimamente.

Lo que diferencia a Paasilina de otros autores nórdicos que también centran su atención en estos temas, es el enfoque humorístico que da a sus narraciones. Hay quien ve en él una conjunción de humorista y moralista. Lo cierto es que las herramientas que utiliza en su indagación son la sátira, el humor negro, la comedia y una ironía tierna que hace que el lector sienta una empatía sentimental por los personajes que pueblan sus ficciones. 

La esencia tragicómica de sus novelas se disfruta en su dosis más concentrada en el memorable primer capítulo de Delicioso suicidio en grupo: sólo el rechazo que siento por la grandilocuencia gratuita me impide decir que este capítulo es una de las cumbres de la literatura mundial del siglo XX, o, sencillamente, de la historia universal de la literatura, para que nos vamos a andar por las ramas. Si lo dijese, que no es el caso, sólo significaría que ha sido el mejor momento lector de todas las novelas de Paasilina, en el que los rasgos que definen su talento como escritor se despliegan en toda su extensión (vaya, esto también suena grandilocuente). Digámoslo de otra manera: su lectura proporciona un raro momento de intensidad paasiliniana.

La dulce envenenadora, por su parte, podría ser una película de Tarantino si la protagonista, en lugar de ser una viejecita encantadora, fuera alguien con la edad adecuada para ser interpretada por Uma Thurman. Pero es una novela de Paasilina, y aquí uno se puede encontrar perlas como la que da comienzo al capítulo cuatro: “Por regla general, antes se acaba el discernimiento que el aguardiente”.

Por último me gustaría decir que en la lectura de sus novelas uno percibe un cierto aire cervantino que le sienta de maravilla y que tiene que ver con un lenguaje desenfadado, una especie de elegante coloquialidad, algo en lo que han contribuido en gran medida las estupendas traducciones de Dulce Fernández Anguita. Uno tiene la sensación de que la frase antes citada bien podría haber salido de la boca de Sancho Panza.

Larga vida a Arto Paasilina, que aporta al alma finlandesa un insospechado humorismo.

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