Adiós a Tabucchi

Siento un gran afecto por los honestos libros de viajes de los que siempre he sido un asiduo lector. Poseen la virtud de ofrecer un doquier teórico y plausible a nuestro donde imprescindible y rotundo. Pero una elemental lealtad me obliga a poner en guardia a quienes esperasen hallar en este librito un diario de viaje, género que presupone tempestividad de escritura o una memoria inmune a la imaginación que la memoria produce —cualidad que por un paradójico sentido de realismo he desistido de perseguir. Llegado a una edad en la que me parece más digno cultivar ilusiones que veleidades, me he resignado al destino de escribir según mi propia índole.

           Prólogo a Dama de Porto Pim, de Antonio Tabucchi (traducción de Carmen Artal. Editorial Anagrama). Posiblemente el libro que más he regalado.

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Geografía de interiores

VENECIA, SIGLO XVI

Hace ya unos años leí un libro titulado El sueño de un cartógrafo. Se trataba de un osado intento de mezclar novela histórica con libro de memorias a cargo del escritor australiano James Cowan (Península, 1997). El libro nos cuenta un viaje por el mundo sin salir de la celda de un monasterio veneciano.

Un fraile cartógrafo, fray Mauro, recibe en su celda del monasterio de San Michele di Murano a mercaderes y viajeros que acuden a contarle sus viajes y sus observaciones. A lo largo de los años fray Mauro va confeccionando un mapa del mundo basándose en la información que va recibiendo. Ese mapa no sólo recoge los contornos y los accidentes geográficos de los continentes y las islas, sino que también incorpora información sobre todo lo que contienen, incluido lo real y lo imaginario, dando de esta manera una visión completa, totalizadora, del mundo. En sus reflexiones fray Mauro sospecha que esa imagen del mundo que ha confeccionado es más una representación de su interioridad, de su particular visión de la realidad, que del mundo exterior que, a retazos, iba llegando al interior de su celda.

En el libro no hay ninguna ilustración. Uno tiene que imaginarse ese mapa, al igual que otros de los que habla fray Mauro en el libro. Uno de ellos es el confeccionado por el cartógrafo sirio Hadji Ahmed, que había dibujado un completo mapa del mundo enmarcado en un corazón. Me resultaba difícil imaginarme ese mapa, hasta que no hace mucho, releyendo aquel libro que leí de joven me pregunté si ese personaje podría ser real. Efectivamente, lo era, y también encontré su mapa.

Este tipo de proyección en forma de corazón o cordiforme era la más empleada en el siglo XVI, y fue sustituida paulatinamente por otras menos amorosas. Yo pensando que era un acto de amor al mundo, y resulta que era una manera de representar todos los continentes sin que nos olvidemos de que vivimos en una esfera.

AMSTERDAM, 1977

Parece que la vida no es muy justa con aquellos que la celebran. La noche del 29 de abril de 1977, un incendio se declara en un edificio de apartamentos de la Stadhouderskade de Amsterdam. Con las llamas ya en su plenitud, un hombre joven trata de huir escalera abajo. Tras la extinción, los bomberos lo encontraron muerto en uno de los descansillos. Se trataba de Donald Evans, artista norteamericano afincado en Holanda, país por el que sentía una atracción que acabó por resultar fatal. Tenía 31 años.

Donald Evans pintaba sellos de correos, así, a tamaño natural, con acuarela. Los sellos que pintaba pertenecían a países imaginarios, países que él se inventaba a partir de sus circunstancias personales: todos los acontecimientos de su vida —sus amigos, los lugares nuevos, los viajes— acababan por convertirse en países, ciudades, personajes, monedas. Su mecanismo imaginativo consistía en convertir su mundo doméstico en un mundo planetario, al mismo tiempo que incorporaba los paisajes, tipos, construcciones de los países del mundo real. Por ese mismo artificio, los acontecimientos de cada día, en cierta forma, pasaban a ser historia universal. Veamos algunos ejemplos.

Achterdijk, el nombre del primer pueblo donde vivió en Holanda, pasó a ser un país. Donald Evans hizo series de sellos sobre el paisaje que veía desde la ventana de su casa, sobre los molinos que salpicaban la llanura que le rodeaba, sobre las gallinas que criaban sus vecinos. Esos elementos pasaron a ser los paisajes, la arquitectura y la fauna del nuevo país. Es una manera de celebrar su amor por los paisajes llanos, por los molinos de viento, por la lengua holandesa. El coqueto bar al lado del Rijksmuseum que frecuentaba con sus amigos, se convirtió en Barcentrum, un homenaje a la amistad. Hizo una serie con las bebidas que ofrecía el bar; sus precios pasaron a ser el valor de los sellos. Nadorp significa en holandés “al otro lado del pueblo” y es también el apellido de su amigo Philip, así que se convirtió en un reino gobernado por el Príncipe Philip. Nadorp, como país muy ligado al mar, tuvo una serie de sellos en la que se describían las actividades marineras del país, —la pesca, la navegación a vela— paisajes marinos, faros, la subida y bajada del las mareas, el vuelo de cometas en la playa… También inventarió las distintas clases de molinos de viento y las legumbres y frutas de sus huertos. La moneda oficial era el Buis, en homenaje a su otro amigo Robert Buis; cien buises formaban un janssen. El país celebraba fiestas de exhaltación de sus productos agrícolas a imagen de las que celebran los holandeses.

Tras un viaje a Italia crea el país de Mangiare, cuya moneda se calcula en gramos y cuyas series de sellos son un inventario de hortalizas, frutas y hierbas: guisantes, alcaparras, piñones, aceitunas, flor de calabacín, romero, apio, brócoli. El Stato di Mangiare dedica una emisión especial al pesto a la genovesa pintando sus ingredientes fundamentales: albahaca, piñones, queso de oveja y ajo. Un viaje a la Costa Brava en el verano de 1975 —en el que se aloja en el apartamento que había sido de Marcel Duchamp—, le inspira el país de Cadaqués, en cuyos sellos ensalza la legumbre mediterránea pintando berenjenas, ajos, limones, olivas y poniendo sus nombres en catalán.

Lichaam y Geest —cuerpo y alma en holandés— son dos reinos gemelos del extremo Norte que tienen en común la moneda, el Ijs, (o sea, hielo) y los sellos (focas y narvales). Dos islas africanas se llaman Amis et Amants y forman uno de los estados nacidos de la descolonización de un antiguo protectorado francés, el Royaume de Caluda. Postes des Îlles Amis et Amants emiten una serie con paisajes de lugares con nombres como Coup de Foudre (Flechazo), Premières Amours, L’Amour Perdu.

En fin, llegó a crear más de cuarenta países, una amplia muestra de los cuales aparecen en el libro de Willy Eisenhart The World of Donald Evans, que incluye abundantes ilustraciones y una extensa biografía.

Todas esas series de sellos las iba incorporando a un catálogo de los que utilizan los coleccionistas filatélicos, con separadores de fondo negro para apreciar los bordes perforados que Donald Evans, en su afán por el detalle, no se olvidaba de practicar, al igual que no se olvidaba de “anularlos” con matasellos que confeccionaba a mano en gomas de borrar. Lo llamó el Catálogo del Mundo y al lado de las series incluía el nombre del país que los emitía, la fecha ficticia, el tema y la ocasión por la que se emitían y, entre paréntesis, la fecha en la que los había pintado. Este catálogo lo escribió en tres idiomas y llegó a tener 330 páginas.

Puede parecer contradictorio, pero este afán catalogador, esta pulsión inventarial, solo puede responder a una forma de celebración de la vida, destacando y dándole una dimensión planetaria a todo aquello que hemos dado en llamar “las pequeñas cosas de la vida”.