Dobles parejas

Todo ha sido una coincidencia. He leído cuatro novelas de tres escritores españoles y un argentino residente en España, todos ellos “escritores del momento” y ha dado la casualidad de que dos de ellos publicaban en Mondadori y los otros dos en Alfaguara. Pero no se ha quedado todo ahí. Resulta que los dos de Mondadori tienen en común el que sus relatos son de inspiración política, digamos, y los dos de Alfaguara se caracterizan por una inclinación estilística. Y siguen las coincidencias, aunque esta vez por contraste. Uno de los mondadoris, el argentino Patricio Pron, escribió un artículo demoledor respecto a la novela de su compañero de editorial, Alberto Olmos, mientras que los chicos de Alfaguara, Manuel Vilas y Agustín Fernández Mallo, se llevan de maravilla e incluso redactan manifiestos a dos manos.

Felices e infelices coincidencias que me han ayudado a agrupar cuatro posibles reseñas en una sola bajo ese título de jugada de póquer. La blogosfera literaria española, que destila bilis en dosis oceánicas, ya se ocupa de ellos con profusión, así que seré breve.

EJÉRCITO ENEMIGO, de Alberto Olmos (Segovia, 1975). Parece que Alberto Olmos se postula a sí mismo como un retratista de su generación, de la misma manera que en su día hizo José Ángel Mañas y su Historias del Kronen (1994). Tratan de plasmar en sus libros realidades que afectan a la juventud de su época, y esa combinación de juventud y actualidad ya les confiere un status de modernidad sin necesidad de hacer demostraciones estilísticas que rompan con alguna tradición literaria. Estas novelas tratan de reflejar generaciones que se supone que son un mundo por sí mismas, sin embargo parece que tienen un patrón común: un gusto por cierto realismo sucio, bukowskiano, un lenguaje abiertamente coloquial, una atmósfera en la que flota la desesperación y un universo de personajes sin rumbo. Un modelo cercano sería Trainspotting (1993), de Irvine Welsh. Si bien Historias del Kronen encaja a la perfección en este traje que acabo de confeccionar, Ejército enemigo sólo participa de algunas de esas características: el poso autodestructivo queda aquí suavizado, quizás por la utilización de una trama detectivesca que pretende hacer más digestivo el beligerante retrato de unos jóvenes cuyas buenas intenciones toman forma de militancia solidaria, actitud que el narrador encuentra falsa y peligrosa.

Así que con la idea-motor de la falsedad de las actitudes solidarias, una escenografía con un moderado punto de sordidez, invadida por la omnipresencia de internet (con especial atención al territorio porno-onanista), junto a una trama detectivesca que le sirve al escritor para poder avanzar en la historia y llegar a un final más o menos sorprendente, Olmos arma una novela eficaz, o sea, que transmite una visión nada condescendiente del mundo, sin caer en demasiados tópicos y confiriendo a su prosa un aire de cierta autenticidad. Entre sus puntos débiles habría que destacar una tendencia al lirismo que raya en la cursilería (Patricio Pron se encargó de enumerar algunas de las frases que demuestran esta afirmación) y una progresiva debilidad de la trama conforme vamos llegando al final.

EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE, de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967). Agustín Fernández Mallo se caracteriza por practicar un desprecio olímpico por el argumento y la trama, algo que pone de los nervios a algunos literatos a quienes no les entra en la cabeza que alguien quiera ir campo a través teniendo a su disposición unos caminos bien cuidados. El creador del Proyecto Nocilla prosigue en El hacedor (de Borges), Remake con su indagación de vías alternativas a lo que podríamos llamar (apartando a un lado nuestro pudor) una “literatura literaria”: puede que esta tendencia a desliteraturizar la literatura, incorporando a la escritura otros campos como el arte, la ciencia y el pop, y despojándola de estructuras tradicionales, lo que esté consiguiendo sea el efecto contrario, que es literaturizarlo todo, cosa que no tiene nada de malo. A mi me gusta Fernández Mallo, coincido en muchos de sus intereses y las historias me parecen sugerentes. En esta novela además se convierte en un tipo de viajero-paseante que trata de reproducir vivencias de otros, algunas veces in situ y otras por medio del Google Earth. Se suma así a la exclusiva lista de paseantes excéntricos, a la manera de aquel personaje de Trilogía de Nueva York de Auster, que escribía mensajes con la forma de sus itinerarios, o el artista belga Francis Alÿs, que empuja un pedazo de hielo por todo Ciudad de México hasta hacerlo desaparecer, por poner un ejemplo. Quizás esta identificación con la figura del flâneur podría considerarse una metáfora de su forma de entender la escritura: el escritor como paseante curioso y despreocupado, que va tomando cosas de aquí y allá para construir su narrativa. (Hay otro viaje interesante en esta novela: el que realiza un poema de Borges a través de todos los idiomas de la tierra, o al menos por un buen puñado de ellos, para volver finalmente al español completamente transformado).

EL ESPÍRITU DE MIS PADRES SIGUE SUBIENDO EN LA LLUVIA, de Patricio Pron (Rosario, 1975). Si Alberto Olmos nos habla de tendencias políticas de la juventud actual, Patricio Pron gira su vista hacia las tendencias políticas de sus padres, a la Argentina de los setenta, colocando en el centro de su novela el tema de la represión y de los desaparecidos, tratando de reivindicar la lucha y el sufrimiento de una generación que, después de pasar por aquel mal trago, hoy en día tiene que pasar el examen del revisionismo histórico. Para ello Pron construye una novela con un arranque de aire alegórico, con un padre moribundo al que su hijo, el narrador, residente en el extranjero, visita en su cama hospitalaria. Este viaje de vuelta a la casa paterna le conduce a una carpeta en la que encuentra un montón de documentación que su padre periodista ha ido reuniendo sobre un asesinato.

De nuevo, tan presente en la novela de los últimos años, la violencia en el centro de todo. No sólo la violencia ejercida por los siniestros generales, sino también por aquellos que decidieron combatir por sus ideas con las armas. Patricio Pron trata de hilar fino para no meter a todo el mundo en el mismo saco y hacer distinciones entre quienes decidieron tomar las armas y quienes siguieron su lucha de forma pacífica, que son a quienes él reivindica.

LOS INMORTALES, de Manuel Vilas (Barbastro, 1962). Lo que caracteriza a Manuel Vilas  como escritor es el humor y la imaginación, y sobre todo un deseo de impresionar al lector tratando de encontrar relaciones más o menos ingeniosas entre opuestos, o, como se suele decir, mezclando lo divino con lo humano. Parece que esa es su manera de conjurar el miedo a caer en la solemnidad: así que lo mismo te habla de Kafka que de Paulina Rubio, de Baudelaire y de los Sex Pistols, por poner dos ejemplos que aparecen en la novela. El efecto no sé si es tan “fresco, original y desternillante” como lo encuentra algún lector citado en la solapa. En ese sentido Manuel Vilas no es Eduardo Mendoza.

Al igual que Fernández Mallo, no se siente inclinado hacia el uso de tramas para estructurar sus novelas, lo cual es una valentía en el territorio literario español. En este caso toma como referencia la película Los inmortales, protagonizada por Christopher Lambert en los años ochenta, configurando un tiempo narrativo que se mueve en flashbacks y flasforwards sin reglas aparentes.

Al tema principal, la conciencia de nuestra mortalidad, se une otro que es una fijación en su obra: España, con especial atención a la España cañí del momento, esa que, por ejemplo, retrataba Gabi Martinez en su libro Una España inesperada (2005). Es una sensación mía, adquirida escuchándole en la presentación del libro más que en la propia lectura de la novela, pero parece que hace un esfuerzo por establecer una vía crítica con su país sin caer en el desapego.

Y hasta aquí este repaso a una parte del panorama literario español del momento.

Anuncios