En busca de lo inaprensible

Uno se ve a sí mismo como un lector-cómplice de Vila-Matas, más que como un lector-espectador. Esta afirmación, más allá del aire pedantesco que la adorna, conlleva la idea de una identificación del lector con el autor y es lo que explica que la lectura de Aire de Dylan, el último libro publicado del autor preferido de uno es capaz de proporcionarle esa sensación de regreso a un universo mental conocido y en el que uno se siente cómodo, bien recibido, comprendido. Es la descripción más aproximada que se me ocurre a lo que yo entiendo por placer de la lectura: leer puede no ser sentirse atrapado por una historia, por unas ideas ocurrentes, por un lenguaje hipnótico, puede ser encontrar a alguien que diga las cosas como tú sólo sueñas con decirlas, o mejor dicho, como nunca se te hubiera ocurrido que se pudieran decir.

Pero a veces esa identificación puede llegar más lejos. Es lo que yo vengo a contar aquí.

Hace ya un tiempo, en un intento fallido de escribir un relato, escribí la frase “… la materia movediza de la que están hechos los sueños”. Tras escribirla me quedé muy satisfecho. Era un poco, no sé, afectada, un pelín cursi, pero me pareció una idea efectiva para describir algo efímero e inconsistente.

Desde el principio tuve la sospecha de que aquella frase no era mía, pero no logré atribuirla a nadie, así que pensé que, por qué no, se me podía haber ocurrido a mí en un momento de inspiración. La vanidad fue más fuerte que la prevención y dejé de darle más vueltas para pasar a creer que yo era el “creador” de la frase.

Tiempo después, aquella combinación de palabras, como un fantasma del pasado, se me apareció en el libro de Stevenson Los mares del sur. Decía así: “Aunque divisábamos muchas islas, eran ‘de aquella materia de que están hechos los sueños’, y se desvanecían en un abrir y cerrar de ojos”. Aquella aparición vino a desmoronar la escasa fe en mi capacidad creadora pero hizo nacer en mí la curiosidad por conocer a su verdadero artífice.

Mi primera y débil sospecha se confirmaba. El hecho de que apareciera entrecomillada indicaba que Stevenson tampoco era su autor, pero él la había tomado en préstamo de forma consciente. Aun cuando el libro incluía varias notas, no había ninguna referencia sobre el autor. Ni Stevenson ni el traductor lo consideraban necesario, lo que daba a entender que la cita era lo suficientemente conocida como para que ni uno ni otro se hubieran molestado en ahorrarme el trabajo de averiguarlo. ¿Cómo se busca una frase entre los miles de millones de frases escritas por tantos escritores? El azar, que es el que mueve esta historia, fue el que me indicó el camino.

El aburrimiento de agosto me llevó a una librería. Había oído hablar de los descubrimientos de Atapuerca. En la mesa de novedades relucía el libro El collar del Neandertal, de Juan Luis Arsuaga. Comencé a ojearlo. En la primera página había un lema: “Somos de la misma sustancia que los sueños, William Shakespeare, La tempestad”. Fui a la estantería de Shakespeare. Casualmente tenían una edición bilingüe. Allí estaba, Acto IV, pronunciada por el personaje de Próspero: We are such stuff as dreams are made on.

Todo parecía resuelto. Pero, ¿podía asegurarse que Shakespeare era el autor de la frase? En la propia introducción a La tempestad se hablaba de las dudas sobre la autoría de sus obras, de las teorías que atribuyen su paternidad a Christopher Marlowe, a Francis Bacon, al conde de Oxford. El autor de la introducción, un profesor universitario, tras desechar las teorías conspirativas, rastreaba las fuentes de la inspiración de Shakespeare en los clásicos latinos y griegos. Todo invitaba a seguir la búsqueda, así que me puse a ello.

Ni que decir tiene que no llegué a ninguna parte, que la magnitud del reto superaba todas mis capacidades, mi tiempo, que llegar a un conclusión era una quimera; ni siquiera la atractiva perspectiva de dedicar toda una vida a una tarea tan bella e inútil logró hacer carburar mucho tiempo mi constancia. Sin embargo el intento me llevó a descubrir nuevas historias, nuevos personajes, nuevos libros.

En Aire de Dylan, Vilnius, el protagonista, se plantea el mismo reto. Quiere averiguar el verdadero autor de la frase “Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien”. La ha escuchado en la película Tres camaradas, de Frank Borzage con guión de Scott Fitzgerald. Sin embargo descubre que la versión final de aquel guión pasó por las manos de otros seis o siete guionistas, así que la autoría de Fitzgerald no está tan clara como parecía al principio. El paralelismo con mi historia es asombroso. No sólo eso. El propio narrador expone la idea de que emprender esa búsqueda es una manera de descubrir el mundo. Habla de una frase-motor: quizás no sea tan importante conocer el verdadero autor (“Las frases son de todos”, dice en la página 65) como los descubrimientos que su búsqueda te pueden aportar.

Vilnius emprende la búsqueda. La imaginación de Vila-Matas logrará que, al contrario que yo, tenga éxito en su empresa y encuentre al verdadero autor.

PD.: Cuenta Alejandro Luque que en realidad la frase proviene de un fado cantado por Amalia Rodrigues y que dice: “Quando oscurece, sempre temos necessidade de alguem”. Por mucho que he intentado encontrar la canción, Alguem, no me ha sido posible. Puede que todo sea un juego.