El encanto de la divagación

Por el fondo marino de algunos de los textos que han ido apareciendo en “Ojalá fueras un libro” discurre un tema que, parece ser, forma parte de mis preocupaciones: es el hecho de que para entender la realidad tengamos que simplificarla y que, al simplificarla, la modificamos; con lo que se da la paradoja de que lo que acabamos entendiendo no es sino una representación falsa de la realidad y que la verdad permanece escondida en los entresijos del caos que es el mundo. Supongo que no habrá que ponerse tan drástico, y que realmente seremos capaces de entender alguna verdad, alguna vez; que no todo estará vedado a nuestra curiosidad. Esto debe responder a un anhelo “de reducir la trama de la vida a elementos numerables y permanentes”, nos dice Alejandro Rossi (Florencia, 1932 – México D.F. 2009) en su Manual del distraído.

Supongo que fue esa preocupación la que hizo que me fijara en ese curioso y atractivo título, en el que se da una extraña combinación de orden, clasificación y jerarquía que nos sugiere la palabra manual, con el desorden y la amenidad de la distracción. Basta comenzar su lectura para darse cuenta de la ironía que lo anima, de que el filósofo Rossi no trata de hacer encajar la realidad en un traje teórico a la medida del observador, sino que dirige su mirada a las cosas más dispares, y no precisamente a los ”grandes” temas, como tratando de encontrar una ciencia para cada objeto, aquella idea de Roland Barthes de la que nos habla en su libro Cámara Lúcida (Paidós, 1999). La propia biografía de Alejandro Rossi parece que quiere escapar a cualquier ordenación: nacido en Florencia, huye con su familia a Venezuela, la patria de su madre, al comienzo de la segunda guerra mundial; los veranos de su infancia los pasa en Argentina; realiza sus estudios en diversas partes del mundo y acaba por establecerse en México, país en el que trabaja como profesor de Filosofía, y cuya nacionalidad es la que figuraba en su pasaporte.

No se significa, sin embargo, el talante de Rossi por una manera aséptica de observar el mundo que le rodea, sino que lo que le anima a la escritura es su espíritu crítico. Este inconformismo tiene una manera particular de manifestarse, a través de la preocupación por el lenguaje: su estilo es una actitud, como bien se ha dado cuenta Juan Villoro en un breve texto introductorio: “Para criticar la barbarie civilizada,” dice Villoro “Rossi se sirve de un estilo que ya es un rasero ético. La ‘cerveza tibia’, el ‘papel lanoso’, la ‘sonrisa lenta’ son modos de una moral, un código exacto donde los elementos naturales siempre parecen lujosos y palabras como ‘filólogo’, ‘monóxido de carbono’ y aun ‘academia de danzas regionales’ sólo pueden sonar de manera acusatoria”.

La preponderancia que la narrativa tiene en la literatura, sobre todo la eternamente moribunda novela, que parece el único rasero para medir la temperatura literaria, ha hecho que el género ensayístico, la miscelánea y cualquier otra forma que diera cabida a los espíritus de tendencias divagatorias, estén en los márgenes más sombríos del mundo de las letras, y así, tengamos que hablar de joyas ocultas, de objetos de culto: Manual del distraído sería una de esas joyas que nunca aparecerán en los libros de texto, ni tendrán cabida en la Historia de la Literatura.

Para hacerla visible del todo nada mejor que recurrir al propio autor, que escribe la siguiente advertencia al principio del libro:

El Manual del distraído nunca se castigó con limitaciones de género: el lector encontrará aquí ensayos más o menos canónicos y ensayos que se parecen más a una narración; y también descubrirá narraciones que incluyen elementos ensayísticos y narraciones cuyo único afán es contar una pequeña historia. Tampoco están ausentes las reflexiones brevísimas, las confesiones rápidas o los recuerdos. Un libro, en todo caso, cuya unidad es más estilística que temática, un libro que huye de los rigores didácticos pero no de la crítica, y que fervorosamente cree en los substantivos, en los verbos y los ritmos de las frases. Un libro —lector improbable— que expresa mi gusto por el juego, por la moral, por la amistad y, sobre todo, por la literatura. Léelo, si es posible, como yo lo escribí: sin planes, sin pretensiones cósmicas, con amor al detalle.”

Dicho queda.

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2 comentarios el “El encanto de la divagación

  1. anonimo dice:

    Ignacio, eres un postmoderno: el lenguaje permite hablar del mundo, pero el mundo no habla nuestro lenguaje y se queda fuera. Atraparlo es la consigna: expresar lo inexpresable. Pero, si no puede comunicarse ¿existe’

  2. Gracias por el comentario. Resulta curioso que siendo este texto una celebración de la ausencia de clasificaciones, lo primero que recibo es una etiqueta clasificatoria. Bueno Olga, no te lo tendré en cuenta. De que el mundo existe se da cuenta uno cuando se levanta resacoso después de un martes movidito…

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