Genios

El otro día vi un programa en la televisión en el que a una serie de científicos de distintas disciplinas se les preguntaba en qué consiste la genialidad, qué es lo que diferencia al genio del que no lo es. Todos desechaban el expediente escolar y el coeficiente intelectual como formas de medición: cómo no, desfilaron varios ejemplos de genios que eran malos estudiantes o que habían dado un bajo coeficiente. Entre ellos Albert Einstein, el prototipo de genio por excelencia, que cumple con el requisito típicamente genial de una temprana zoquetería.

Los científicos televisivos, ninguno de los cuales tenía pinta de ser un genio, no le dieron mucho al tarro. Alguno habló de que la genialidad consistía en adelantarse a su tiempo (en ese terreno Leonardo da Vinci era el campeón), otro que el genio era aquel que tenía una especial habilidad para encontrar soluciones a problemas para los que nadie las encontraba y una científica muy sonriente, tanto que su impecable dentadura y su contagioso optimismo le hacían a uno tener una fe ciega en todo lo que decía, afirmaba que el verdadero genio era aquel que sabía mirar las cosas de una manera nueva, diferente a como se habían mirado hasta entonces, y así veía cosas que nunca nadie antes había visto. Rareza y excentricidad fueron palabras que también revolotearon por la ronda de entrevistas.

Dmitri Mendeléyev. Creador de la tabla periódica de los elementos.

La amplia sonrisa de aquella científica le daba mucha credibilidad, es cierto, y su explicación me pareció la más atractiva, pero debo ser un descreído incorregible y todas aquellas explicaciones no acabaron de convencerme. A lo mejor, lo que me pasa es que no estoy dispuesto a conceder que haya alguien más listo que yo. Puede ser: es patético, pero puede ser. Quizás debiera adoptar la fórmula que propone la escritora polaca Wislawa Szymborska en su artículo “Profesores despistados” perteneciente a su libro recopilatorio Lecturas no obligatorias. Prosas (Alfabia, 2009). Se trata de reconocer su superioridad en lo suyo, pero no dejar pasar sus debilidades: “En cuestión de elementos, está claro que Mendeleiev me supera, pero seguro que soy mucho más aseado y presentable que él en lo que al pelo respecta”.

También me ha dejado más tranquilo el haber leído Los últimos días de Emmanuel Kant (Valdemar, 2004), de Thomas de Quincey, en el que el opiómano inglés nos presenta un texto basado en otro de Wasianski, discípulo de Kant, que al tiempo que nos narra el declive final del filósofo de Köninsberg despliega un retrato un tanto jabonoso sobre sus costumbres íntimas. Es tal la admiración que siente por su maestro, que se ve empujado a escribir frases como: “Kant no sudaba nunca, ni de día ni de noche”. Esta afirmación provoca una nota a pie de página de De Quincey que ocupa una página entera. Posiblemente sea éste un libro en el que las notas a pie de página, contrapunto irónico del retrato admirativo de Wasianski, tengan más importancia que el texto mismo, de hecho ocupan un buen número de páginas.

Wasianski también consideró adecuado contarnos acerca de la capacidad inventiva del filósofo, y De Quincey no dejó pasar la oportunidad de sacar su vena cáustica. Resulta que Kant no utilizaba ligas para sujetar sus medias por miedo a cortar el flujo sanguíneo. Así que para mantenerlas tersas ideó un curioso mecanismo:

En unos bolsillitos, situados a la altura del muslo y más pequeños que el de un reloj, llevaba unas cajitas, también como las de un reloj, pero más pequeñas, que contenían una rueda de relojería, a la que estaba fijada una cinta elástica, cuya tensión estaba regulada por otro mecanismo. A los dos extremos de la cinta elástica había unos ganchos que pasaban por una pequeña abertura abierta en los bolsillos y, a continuación, bajando por la cara interna y externa de los muslos, fijaban las medias mediante unas presillas. Como era de esperar, un mecanismo tan complejo como el sistema solar ptolemaico tenía que quedar sometido a averías. Afortunadamente, esas averías, que, de otro modo, habrían afectado la tranquilidad anímica de ese gran hombre, se podían reparar con facilidad.

Wasianski pretendía hacer justicia a la leyenda kantiana sobre su metódica vida, aquella que decía que los ciudadanos de Köninsberg conocían la hora del día con sólo seguir los pasos del filósofo, poniendo ante nuestros ojos unos hábitos de vida engranados con una precisión legendaria, propia de un gran hombre; lo que Wasianski no sabía es que, en realidad, estaba trazando una caricatura.

Esta edición de Valdemar contiene dos textos añadidos. Un anecdotario kantiano y un texto titulado Sobre el cráneo de Kant, en el que el doctor Wilhelm Gottlieb Kelch intenta encontrar huellas de la genialidad en las formas craneales. Esta fe en la huella física de la genialidad me recuerda a un compañero de trabajo, que cree que los atletas kenianos corren tanto porque les falta no sé qué hueso del talón: qué él lo ha oído, ¿eh?

No quiero dar por finalizada esta entrada sin homenajear a otro tipo de genios, aquellos que se empecinan en el error a pesar de la evidencia y del consenso generalizado que lo contradice. Lo cuenta Wislawa Szymborska en el libro antes citado. Se trata de un tal Pettenhoffer, un médico que combatió vehementemente la idea de que las bacterias eran fuente de patologías. En una demostración pública, con el objetivo de desmontar las teorías de los bacteriólogos encabezados por Koch, se bebió una probeta que contenía la bacteria Vibrio cholerae, la que produce el cólera en humanos. Inopinadamente no enfermó, conservó su salud hasta el final de sus días, lo que le permitió seguir burlándose de las teorías de Koch y compañía. Como dice Szymborska, “A veces aparecen personas con una resistencia excepcionalmente vigorosa a los hechos evidentes”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s