Bellas fruslerías

En 1996 recibió el premio Nobel de literatura. Los académicos suecos habían sorprendido al mundo premiando a una mujer, poeta y polaca. Se me ocurre que desde Suecia no se percibe Polonia de la misma manera que desde Aranda de Duero, por la cercanía geográfica y porque alguna relación histórica han tenido, y sus libros de poemas, según el prologuista y traductor Manel Bellmunt Serrano, se publicaban regularmente en Alemania, Francia y el Reino Unido, y no así en España, pero lo cierto es que la concesión del Nobel a Wislawa Szymborska hizo pensar a algunas mentes ibéricas que los académicos suecos se habían convertido en unos extravagantes snobs. Recuerdo algunos comentarios.

Este verano de 2012 viajé a Cracovia, la ciudad en la que vivió casi toda su vida y en la que murió este mismo año, en el mes de febrero. Visité el Collegium Maius, la antigua sede de la universidad de Cracovia, la más prestigiosa del país. En una vitrina, una serie de objetos que chocaban en el entorno medieval y renacentista: entre otras cosas, una medalla olímpica, de un deportista polaco del que no recuerdo el nombre, una figurilla del Oscar holliwoodiense y un Oso de Oro del festival de Berlín pertenecientes al cineasta Andrzej Wajda y, en lugar preeminente, el medallón del Nobel de Wislawa Szymborska; me recordaron a los ex-votos que la gente de fe deposita en los santuarios en agradecimiento de milagros curativos. Y supongo que algo de eso había. Me gustó ver allí aquel objeto de Szymborska, pues unos días antes de emprender el viaje a Polonia me había comprado Lecturas no obligatorias (Alfabia, 2009).

El viaje veraniego no sólo me llevó a Cracovia, sino que, junto a mi compañero de viaje, recorrimos buena parte de Polonia: Wrosław, Poznań, Torun, Gdansk, Varsovia. Los días eran limitados así que tuvimos que centrarnos en los lugares de máximo interés, en los monumentos más significativos; la cantidad de estrellas que nuestra guía asignaba a esos hitos turísticos iba marcando nuestro itinerario en cada ciudad: vimos catedrales, palacios, centros históricos, comimos en restaurantes que la guía nos recomendaba… Apenas dejábamos margen a la improvisación y al descubrimiento espontáneo: es lo que tiene viajar con fecha de caducidad inminente.

Cuento esto porque, en cierto modo, el libro de Szymborska es un viaje que ignora las recomendaciones de las guías y centra su atención en las zonas aledañas, en los márgenes. En este caso en los márgenes del mundo editorial. Durante años, la poeta polaca publicaba una columna sobre libros en varias revistas (Zycie Literackie, Pismo, Odra y, a partir de 1993, en el periódico Gazeta Wyborcza). Su decisión fue centrar su atención no en aquellos libros que podemos llamar “imprescindibles” (las lecturas obligatorias), sino en aquellos otros que permanecían fuera del foco de atención de la crítica literaria. Así que puede hablarnos de libros de historia, de botánica, de anecdotarios, de libros de autoayuda, de agricultura, de bricolaje… La mayor parte de las veces el libro no es sino una excusa para expresar una idea, o una nota que le da pie a una reflexión; siempre clara, siempre brillante, siempre dominada por un incorregible escepticismo. Posiblemente no recordaremos ninguno de los libros de los que habla (todos publicados en Polonia entre los años 70 y los 2000), pero la lectura de esta recopilación de breves artículos nos dejará una sensación de haber degustado una macedonia de ideas dulce y ácida al mismo tiempo, con la gracia que le da un ligero toque de licor irónico.

Szymborska es de los que saben ver lo prodigioso en lo que damos por sentado:

“El concepto ‘mundo ordinario’ no existe para mí. Cuanto más sabemos de él, tanto más enigmático se torna, y la vida que en él existe se nos revela como una extraordinaria anomalía cósmica.”

Es una extraña mezcla de defensora de la ciencia y de la razón y de ingenua deslumbrada por los milagros cotidianos. Y sobre todo es poseedora de algo que podríamos llamar inteligencia natural, si es que eso tiene un significado.

Conforme iba leyendo los breves textos de Lecturas no obligatorias me venían a la mente los primeros versos de La cleptómana, aquella canción que han interpretado Machín o la Vieja Trova Santiaguera:

Era una cleptómana de bellas fruslerías

robaba por un goce de estética emoción

(…)

Así me dibujaba el inconsciente la imagen de Wislawa Szymborska.

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4 comentarios el “Bellas fruslerías

  1. anonimo dice:

    Tan ladrón pareces tu como Szymborska. Gracias

  2. Yo sin salir este verano de la península me apunto : ¡Viva Machín, viva Polonia!, y Ucrania también.

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