Reflexión en medio de un torbellino

Edición de 2012

Edición de 2012

Al principio de El Bautismo, de César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949), un animalillo, que podría ser un topo, es absorbido de su madriguera por un vendaval espantoso y elevado por los aires de la Pampa en un viaje aéreo en el que le da tiempo a reflexionar antes del más que probable desenlace fatal. ¿Y qué es lo que se le ocurre al topillo? Pues si lo que está experimentando en ese momento puede considerarse una genuina sensación de volar o no. Incluso tiene el humor de establecer una comparación cruel: si el médico que asiste a un parto coge al recién nacido de los pies y lo lanza contra la pared, ¿puede decirse que ese niño ha volado?

Más allá de la debilidad que siento por los personajes que en las situaciones más difíciles son capaces de un pensamiento gratuito y especulativo, siempre he querido utilizar esta historia de tal forma que me permitiese construir una frase del tipo: “… esa misma inquietud del topillo me atormentaba a mí en el momento en que…” Pero nunca he podido hacerlo. Busco una explicación y se me ocurre que es porque los delirios son personales e intransferibles, más si cabe de un escritor tan idiosincrásico, como alguien lo ha definido.

Aira y el delirio se asocian en cada novela, en cada una de las innumerables historias que el escritor argentino ha ido escribiendo para conformar una única novela total, una especie de novela sin fin. Y todo se debe a su particular forma de construir las historias, utilizando su método de fuga hacia adelante, de avance por acumulación, o de “tira de este hilo a ver qué pasa”. Aira muestra un soberbio desdén por los finales redondos: parece que los finales de sus historias le pillan desprevenido y los solventa de forma precipitada (y por supuesto, delirante), como si una nueva historia le urgiese a acabar para que le dedique su atención. También por su capacidad para demorarse en descripciones y digresiones, tratando de retrasar su vuelta al hilo principal, que parece ir perdiendo su interés hasta que no tiene más remedio que zanjar el asunto.

Sin embargo, lo que hace verdaderamente atractivo a César Aira es que su gusto por la historia delirante va acompañada de una fina lucidez. Delirio y lucidez, un buen tema para la reflexión dentro de un torbellino. Recuerdo un texto suyo sobre la novela y las vanguardias leído hace ya unos años que me dejó sorprendido por su clarividencia y que, en cierto modo, contradecía la imagen que yo tenía de Aira tras la lectura de alguna de sus novelas (hasta entonces yo lo consideraba un especialista en la descripción de tormentas apocalípticas, una especie de Turner literario).

Así que decido que lo que me gusta de Aira es esa mezcla de delirio y lucidez que ha producido una prosa rica, contenida en la forma y exuberante en su significado. Aira o el delirio inteligente, podía haber sido el título de esta entrada.

En El congreso de literatura (Mondadori, 2012), un traductor llamado César que al mismo tiempo es un científico loco planea la dominación del mundo con un método obviamente delirante: hacer una clonación masiva del escritor mexicano Carlos Fuentes. Ignoro que oculta ironía se esconde tras la elección de este nombre. Leo que Carlos Fuentes, todo orden y claridad, puede ser el contrapunto adecuado a la literatura compulsiva de Aira y que el mexicano le devolvió el honor concediéndole al argentino el Premio Nobel del año 2020 en su libro La Silla del Águila.

Justo en este momento ojeo mi ejemplar de El congreso de literatura y descubro que sólo he doblado la esquina de una página, la que contiene este párrafo:

Pero en mí es fatal esa manía de agregar cosas, episodios, personajes, párrafos, de ramificar y derivar. Debe de ser por inseguridad, por temor a que lo básico no sea suficiente, y entonces tengo que adornar y adornar, hasta una especie de rococó surrealista que a nadie exaspera tanto como a mí.

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