El arte de medir el mundo

MediciónMe pregunto si al igual que la de los porqués o la de las palabras escatológicas existe una etapa infantil marcada por la obsesión por medir las cosas; a primera vista parece una manera algo elemental de relacionarse con el mundo, una versión avanzada de la costumbre de llevárselo todo a la boca. Luego está esa extraña atracción por los instrumentos de medición —cronómetros, flexómetros, termómetros—, que puede explicarse por su capacidad para generar un conocimiento inapelable, inmune a la opinión; respuestas irrefutables que nos proporcionan asideros seguros en nuestras azarosas vidas.

De hecho, más que un producto de la ciencia o de la cultura, nos parece que las unidades de medida han estado siempre con nosotros, que forman parte de la naturaleza. Esto explicaría por qué en el libro Los pilares de la tierra, de Ken Follett, los personajes situados en la Edad Media dan las distancias con toda naturalidad en kilómetros (bien, posiblemente una mala tarde del traductor, viendo el volumen de trabajo que tenía por delante), o por qué las varillas de algunos zahoríes no sólo saben localizar el punto donde hay agua, sino también decir a cuántos metros de profundidad está. Recuerdo una tediosa tarde en la que un conocido mío estaba convencido de averiguar nuestra tensión arterial con sólo colocar un péndulo casero sobre nuestra muñeca izquierda: daba los resultados en impecables milímetros de mercurio.

Por otro lado parece que los centímetros, las centésimas de segundo, los grados y demás unidades de medida están reñidas con la poesía. Conocemos poemas dedicados al dentífrico, pero ninguno al sistema métrico decimal. “¿Por qué razón un poeta habría de festejar sólo a las personas, y no a la lenta molienda de las fuerzas naturales que las crearon?”, se pregunta el científico militante Richard Dawkins a cuenta del desprecio de William Blake por el desentrañamiento científico de los misterios del universo. Lo hace en su libro Destejiendo el arco iris (Tusquets, 2002) título sacado de los famosos versos de John Keats en los que se lamenta de que Newton, con un simple prisma de cristal, desvelara la composición de la luz:

                       Antes había en el cielo un sobrecogedor arco iris,

                       hoy conocemos su urdimbre, su textura;

                       forma parte del aburrido catálogo de las cosas vulgares.

                      La filosofía recorta las alas del ángel,

                      conquista los misterios con reglas y líneas,

                      despoja de embrujo el aire, de gnomos las minas;

                      desteje el arco iris.

Si los poetas no encuentran “misterio” en los movimientos matemáticos del universo, menos lo han de encontrar en las herramientas que los miden.

Pero lo que no se puede negar es que la medición ha dado lugar a buenas historias. Mi favorita es la de Eratóstenes, el sabio griego del siglo II a. de C. que supo medir ingeniosamente la circunferencia de la tierra sin salir de Alejandría. Su cálculo apenas se desvió de la distancia verdadera. Siglos más tarde, Colón puso en duda aquella longitud, pensando que se había equivocado por lo alto y que en realidad la Tierra era más pequeña, lo que le llevó a pensar que podía llegar a Japón por el oeste mucho antes de lo que la medición de Eratóstenes sugería. Así que se puede decir que en Europa nos enteramos de la existencia del continente americano gracias a un error de cálculo.

Y algo parece irremediable: las historias de mediciones van unidas a historias de errores. Con ese trasfondo transcurren los hechos de los que nos da cuenta Ken Alder en su libro La medida de todas las cosas. La odisea de siete años y el error oculto que transformaron el mundo (Taurus, 2003). El largo y pomposo subtítulo no debe llevarnos a engaño: nada hay de morbo gratuito, de intento de dar dramatismo extra a un relato inane o de ofrenda en el altar de los descubrimientos fundamentales. Lo que sí encontraremos será un despliegue de erudición histórica apoyada en toda clase de justificación documental (esto no es una novela histórica, repito, no es una novela histórica), perspicacia en el análisis de los personajes que protagonizan esta odisea, descripción de una época crucial de la historia y una clase magistral de cómo medir el mundo.

Porque de eso se trataba, de medir el mundo. El optimismo ilustrado de la época —estamos en la Francia 1792 y acaba de estallar la Revolución— propugna la unificación de la inmanejable variedad de medidas que dificultan el comercio y el entendimiento entre los pueblos. Para ello se busca una medida que pueda ser aceptada no sólo por todas las ciudades y pueblos de Francia, sino por todas las naciones de la Tierra. En la Academia de Ciencias de Paris, para que fuera aceptable por todo el mundo, pensaron en tomar la propia Tierra como referencia y establecieron que la nueva medida, el metro, fuera la diezmillonésima parte del arco que va del polo al ecuador. Para ello había que medir ese meridiano, o por lo menos una porción del mismo que sirviese para hallar esa medida universal.

El meridiano elegido fue el que pasa por París. El tramo a medir, la distancia que discurre entre Dunkerke, en la costa norte francesa, y Barcelona. De mar a mar. Los encargados de la tarea Jean Baptiste Joseph Delambre y Pierre François Andrè Méchain, astrónomos reputados pertenecientes a la Academia de Ciencias. En junio de 1792, en plena vorágine revolucionaria, acompañados de cartógrafos y otros ayudandes y con el instrumento de medición más preciso de la época, el círculo repetidor de Borda, parten hacia su misión.

Y aquí comienza la historia de La medida de todas las cosas.

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