Beckfordiana

MemoBioLa primera obra que traduje en mi vida fue un cuento de Kurt Vonnegut que desvelaba un terrible secreto: Thomas Edison no había inventado en realidad el filamento de la bombilla, sino que fue su perro quien le transmitió el hallazgo con la promesa de que nunca desvelara un secreto aún más terrible, que los perros son seres pensantes y hablantes, y muy sabios, sólo que lo disimulan para poder continuar con su vida ociosa.

Aquella experiencia me enseñó que traducir, aunque sea un texto breve y divertido, tiene más que ver con la tortura de un rompecabezas que con lo que hasta ese momento yo tenía por placentero.

Tiempo después, habiendo asimilado y superado aquella temprana enseñanza y aceptando que la tortura de un rompecabezas podría considerarse como una forma de placer superior, me animé a traducir un libro que, aunque podría calificarse de divertido, tenía la dificultad de estar escrito en el inglés del siglo XVIII. Se trataba de Biographical Memoirs of Extraordinary Painters (1780), de William Beckford. Impoético Etcétera me había dejado la traducción de Jorge Mara para Alfaguara del año 1978 y pensé que quizás una nueva traducción actualizada podría tener alguna salida. Cuando me encontraba en el proceso de corrección apareció publicada por Sexto Piso una nueva versión española del malogrado Miguel Martínez-Lage. Estupenda, por supuesto, así que todo mi trabajo sigue guardado en el cajón. Una nueva enseñanza: hay que andar mejor de reflejos.

Es la primera obra escrita por Beckford, quien, como dicen los eruditos, pasará a la Historia de la Literatura como el autor de Vathek (1786), una obra precursora de la novela gótica inglesa, tradición que ha producido una larga lista de obras y de cultivadores ilustres. No suele nombrarse, sin embargo, otra tradición de la que las Memorias biográficas de pintores extraordinarios es claramente precursora, quizás porque ésta es sólo una carretera secundaria dentro de la red principal de carreteras y autopistas de la Historia de la Literatura. Pero ya sabemos que viajando por carreteras secundarias es cuando se ven las cosas más interesantes. Martínez-Lage nos habla de ello en el postfacio que acompaña a la traducción. Se trata de las colecciones de biografías imaginarias, tradición de la que forman parte obras memorables como Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges o La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño. (Martínez-Lage nombra también a Walter Pater, Max Beerbohm y Alfonso Reyes: habrá que tenerlos en cuenta)

La cuestión es que el libro me gustó. Se trata de las biografías breves de seis artistas imaginarios escritas como sátiras de los pintores de la escuela flamenca. Allá donde leas algo sobre esta primera obra juvenil alguien se enzarzará en la discusión de si lo creó como una guía para los cuadros de artistas flamencos de la colección familiar o si son pura fantasía; también se discutirá la edad a la que lo escribió. Sea cual sea la intención o la temprana edad a la que lo hizo, su lectura evidencia una mente juvenil en plena forma. Es un libro sobre arte. No sé hasta qué punto puede llegar a decirse que Beckford nos da su visión de lo que es arte y de lo que no lo es; lo que sí nos deja claro, hoy que tanto nos preocupa esta delicada distinción, es lo que a él le parece un camino equivocado: el virtuosismo técnico llevado a extremos absurdos, el gusto poco “refinado” creado por la filistea moral burguesa (y los arribistas que lo halagan), las disquisiciones ingeniosísimas pero estériles sobre aspectos pueriles o secundarios, la vida necesariamente sombría del artista. Quizás sean ideas ya superadas, alejadas de los discursos actuales que reflexionan sobre lo artístico, pero hay algo sobre la actitud del artista que sí tiene plena vigencia. No acierto a explicar con alguna lucidez lo que significa esa actitud, aunque creo que tiene que ver con aquella frase de Leonardo da Vinci: “La pittura è una cosa mentale”. Quizás ya hoy ésa es también una idea que padece la obsolescencia y se vuelve a valorar el objeto tangible, el arte anclado en la realidad de los sentidos.

En cualquier caso, sea lo que sea lo que nos cuenta William Beckford —el rico heredero que dedicó su vida a rodearse de arte y de libros, a escribir por el puro placer de hacerlo, a construir extravagantes mansiones neogóticas a modo de templos de la ilustración, a viajar y contar sus peripecias— lo hace con humor, imaginación e inteligencia.

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