El anotador impertinente

ImagenA mi tía Sole le gustaban los nombres sonoros. Podía dirigirse a alguno de nosotros o a cualquiera que pasase por delante de la ventana de su casa con alguno de sus apelativos favoritos; eso sí, siempre que estuviera contenta, porque los nombres sonoros suelen acudir allá donde se convoca a la felicidad. Podía ver a alguien del pueblo pasar y decía: “Por ahí viene Don Segismundo Moret”. Segismundo Moret le daba mucho juego: a saber por qué se había instalado ese nombre en su cabeza. Recuerdo también que a mi primo Carlos J. y a mí, que durante buena parte de nuestra infancia éramos inseparables, nos tenía reservados dos nombres muy pintureros: “¡Hombre!, aquí están Pirrinchín y Boleras”. Nunca supimos quién era quién, aunque mucho me temo que eso era irrelevante, pues los nombres sonoros no sirven para identificar, sólo para sonorizar la vida, valga la redundancia.

Será por cosa de genética, pero yo también he tenido mi Segismundo Moret, aunque hace tiempo que se había evaporado de mi mente. Se trata de Benvenuto Cellini, nombre que me encantaba pronunciar sin venir a cuento, y que supongo que se había instalado en mi cabeza en las clases de Historia del Arte del bachillerato, pero del que no conocía nada. Así que cuando me enteré de que había escrito su autobiografía, en la que hablaba de sí mismo en términos heroicos, y que estaba muy bien considerada por Goethe, Stendhal, Oscar Wilde, Paco Polán y Patxi Ezquieta, no dudé en comprar un ejemplar.

Creo que fue Vila-Matas quien dijo que una autobiografía no es sino una forma más de ficción. Parece que estuviera pensando en este libro, pues Benvenuto Cellini tenía tan alto concepto de sí mismo, como artista y como hombre, que su Vida es una sucesión de aventuras, altercados, litigios de los que siempre sale vencedor, siempre con la razón de su parte; a no ser que los otros usen las malas artes, la maledicencia o la traición. Uno duda constantemente de qué es realidad y qué ficción ornamental. Sus logros como artista sólo quedan ensombrecidos por sus heroicas victorias con la espada, el arcabuz o como artillero de altísima precisión durante el saqueo de Roma. Se habla de la amenidad de la obra y es verdad que tiene un aire de novela picaresca, de aventuras pegadas a la realidad, nada caballerescas: su preocupación por los asuntos del dinero, la descripción de episodios escatológicos, la presencia de las enfermedades, las comidas, etc., relacionan la Vida con la voluntad de la novela picaresca de pegarse a la tierra: si se hubiera publicado en su momento quizás se la hubiera podido calificar como precursora de aquella forma de novela (muchas de ellas estaban escritas como falsa autobiografía), pero lo cierto es que escrita al dictado a mediados del siglo XVI no se publicó hasta el siglo XVIII. Quizás el encanto de este libro resida en esa contraposición entre el vanidoso afán de contar una vida “virtuosa” (o sea, de alguien que ha conseguido grandes logros) y el gusto por los detalles menos “elevados”.

Más allá de la amenidad y del reflejo más o menos verídico de un personaje excesivo y de una época seductora, lo que transmite la Vida es el aprecio por la libertad creadora del artista (el empeño de Benvenuto en imponer sus criterios como artista frente a las sugerencias de quien le pagaba), de la obsesión como fuerza creadora y el enaltecimiento que hace del valor para emprender empresas artísticas arriesgadas. Es la historia de la accidentada producción del Perseo, su obra más notable, la que transmite con más fuerza su pasión por el arte.

Parece que todos los especialistas coinciden en calificar a Benvenuto Cellini como personaje vanidoso, pendenciero, mentiroso, ladrón y pederasta. Desde luego el traductor y editor de mi edición de Cátedra, Santiago R. Santerbás, no le pasa una. Parte del alto disfrute de mi lectura ha sido el ir leyendo las notas que iban enmendado la plana de muchas de las afirmaciones de Cellini. Veamos algunos ejemplos.

En la página 55 Cellini afirma que cuando él tenía 3 años su abuelo pasaba de los cien. El anotador nos dice que su abuelo no pasaba de 82 y que además no era arquitecto, como antes había informado, sino solamente albañil (muratore).

En la página 56 Cellini nos habla de su padre en términos elogiosos. El anotador clama: “Benvenuto Cellini, al referirse a su familia, es ridículamente vanidoso. Su padre, Giovanni d’Andrea Cellini, tocó el pífano durante 36 años en la orquestina o banda oficial de la Señoría de Florencia. Pero no fue ingeniero, sino carpintero.”

Página 67: Benvenuto confiesa que no sabe cuál es la puerta que debe tomar en Florencia para ir a Roma. El anotador: “Sorprende que un muchacho de costumbres presumiblemente callejeras desconozca de tal modo la topografía urbana de su propia ciudad.”

Página 71: habla Cellini de un carbón de Miguel Ángel que según él es la primera obra notable del maestro. El anotador: “La afirmación es inexacta. Con anterioridad a este cartón…”

Página 123: es extraño, pero el anotador deja pasar una afirmación verdaderamente celliniana cuando dice que “baste decir que fui la causa de que el Castillo se salvara aquella mañana.”

En fin, los ejemplos son numerosos; el pobre Cellini recibe reprimenda tras reprimenda. Lo que no puede evitar este anotador impertinente es reprimirte el urgente deseo de visitar Florencia que te sobreviene tras la lectura de la Vida.

Voy a mirar vuelos.