Checoslovaquia

BohumilSupongo que estaremos de acuerdo en que la palabra costumbrismo aplicada a la literatura significa la transmisión impersonal de los aspectos más convencionales y comunes de la existencia de los hombres en un momento y lugar determinados, la descripción objetiva de costumbres y modos sociales. Costumbrismo suena también a un trato cándido, amable del abominable comportamiento humano. Y a mí me da que el costumbrismo, lo digo a bote pronto, sin pensarlo mucho, tiene una manifiesta tendencia a solemnizar lo evidente: “Cuando venían los intensos fríos invernales, el río se cubría de hielo cada vez más espeso”.

Todo en Bohumil Hrabal (Brno, 1914 – Praga, 1997), o en el Bohumil Hrabal de La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo (Galaxia Gutemberg, 2013), parece apuntar al costumbrismo, a un costumbrismo checoslovaco, hasta que de pronto surgen momentos de voltaje emocional que hacen saltar por los aires esa indolencia descriptiva, como cuando los habitantes de la ciudad destruyen, sin aspavientos, con un odio y un rencor de baja intensidad pero implacables, los objetos infantiles (caballitos de madera, sillas y sillones y mesitas minúsculas) que el frustrado jefe de los ocupantes nazis había ido construyendo durante la ocupación de la ciudad como un forma de aplacar alguna pesadumbre, algún remordimiento. Es entonces cuando tu atención, que iba abandonando poco a poco el texto para adentrarse en universos alejados de esa ciudad en la que el tiempo se detenía, vuelve y se queda en Checoslovaquia, la extinta Checoslovaquia, invadida primero por los nazis y luego por los soviéticos, ninguno de los cuales, parece decirnos Hrabal, pudo acabar con el espíritu checoslovaco, encarnado en la figura del tío Pepin, el borrachín encantador que alegra la vida de los que le rodean, el despreocupado que es la preocupación de su hermana y su cuñado, que lo acogen en su casa, el putero que alecciona a las “señoritas” sobre higiene sexual, el espíritu bufonesco que suelta las verdades al poder, sea el que sea, con el humor como salvoconducto para la supervivencia, el loco sabio.

Así nos habla Bohumil Hrabal, a golpes de efecto que resaltan en medio de la desmayada rememoración de los tiempos de la infancia, hasta llegar al último capítulo, el menos costumbrista, el menos impersonal, el más “implicado emocionalmente”, que dirían hoy en día, el que a mí, por razones personales (todo hay que decirlo), me ha llegado más hondo.

  ·  ·  ·  ·  ·  ·

Y cambiando de tema. Si alguna vez existió el espíritu checoslovaco ¿qué pasó con él tras la separación en Chequia y Eslovaquia? ¿Fue heredado por unos o por los otros? ¿Qué pasó, si descendemos a asuntos más concretos, con el perro lobo checoslovaco, por ejemplo? ¿Seguirá siendo checoslovaco para siempre, aun cuando ya nadie ahora pueda serlo, o llegará un momento en que tanto checos como eslovacos se disputen su paternidad, si no lo han hecho ya? Parece que aunque ya no exista Checoslovaquia la idea de Checoslovaquia es eterna, o por el contrario debemos pensar que las ideas tienen caducidad temporal.

En fin, me quedo en este desasosiego checoslovaco.

Anuncios

4 comentarios el “Checoslovaquia

  1. ¿Y, los eslovacos tocan el TamTam entre las dunas?

  2. Sinue dice:

    Menos mal que está el tío Pepin que anima el ” cotarro ” . Y el cuidador de la higiene de las ” damas ” , puesto que ir de putas es cosa de hombres . Y de tocar , pues me da lo mismo , la pandereta . De Política , es cosa seria . No me meto en un país que no es el mio .

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s