El microscopio de Walser

Los hermanos Tanner (Siruela, 2000)

Los hermanos Tanner (Siruela, 2000)

En el verano de 2001 visité la ciudad de Zúrich. Mi intención aparente era realizar un curso de lengua alemana, aunque la verdadera era conocer una de las ciudades centroeuropeas que parecían tener una personalidad más literaria. Me lo parecía así porque fue allí donde el poeta Tristan Tzara lanzó al mundo el manifiesto dadaísta, en el mítico Cabaret Voltaire, porque había acogido a ilustres escritores exiliados, como James Joyce que vivió en Zúrich durante la primera guerra mundial y donde murió años después y en cuyo cementerio está enterrado; y también por estar situada al lado de un majestuoso lago, porque tranvías antiguos recorren sus calles y porque de su estación central, la Hauptbahnhof, partían trenes invernales hacia Varsovia y Moscú. Por entonces yo creía que la conjunción del invierno, el humo de las chimeneas, los trenes, los tranvías y un lago helado sólo podía producir literatura exquisita.

Así que durante las tres semanas que pasé en la ciudad visité el lugar donde había estado el Cabaret Voltaire y descubrí que en la misma calle, la Spiegelgasse, se encontraba la casa donde vivió su exilio Vladimir Ilich Ulianov, Lenin. Recorrí los cafés y restaurantes donde había estado James Joyce, aunque no osé comer en ellos por sus desorbitados precios; yo, más bien, solía comer en un sitio barato al lado de la academia, atraído no tanto por sus virtudes gastronómicas como por la bella italo-suiza que lo regentaba. Descubrí la librería Romanica, donde vendían libros en francés, italiano, español, portugués y retorromano, y en cuyo sótano uno encontraba manuales para aprender todos esos idiomas. Y también sus pastelerías Sprüngli dónde era posible degustar sus deliciosas truffes du jour.

Pero mi principal descubrimiento tuvo lugar en la Zentralbibliothek donde por aquellos días tenía lugar una exposición sobre un escritor del que apenas me sonaba su nombre: Robert Walser. En vitrinas rodeadas de lectores y estudiantes se podían ver primeras ediciones de sus obras, fotografías y los llamados microgramas: textos escritos en papel de segundo uso con una letra minúscula e indescifrable, tan sólo parcialmente legibles con ayuda de lentes de aumento, textos cuyo principio y fin venían marcados por el tamaño del papel, el método del lápiz lo llamó él, y que debe ser explicado “como una fuga tímida fuera del alcance del público”, en palabras de Carl Seelig, el amigo y redescubridor moderno de Walser.

Robert Walser fue un escritor en lucha con los límites de la narración y consiguió abrir caminos, ampliar el foco hacia nuevos aspectos de la realidad que habían quedado fuera de la gran literatura del XIX y además hacerlo cambiando la forma de narrar. Uno de sus empeños fue tratar de contar lo que pasa cuando no pasa nada, para descubrirnos que en realidad sí que pasan muchas cosas. Recuerdo un cuento de Rudyard Kipling —El ojo de Alá (1926)— en el que nos habla de la llegada de un primitivo microscopio inventado por los árabes a un monasterio inglés y del estupor que creó en aquellos monjes el saber que en una simple gota de agua de charco, algo que en principio no era nada, al ponerla bajo las lentes del microscopio se descubría todo un universo de formas vivas de infinitas variedades, un mundo nuevo que les resultaba turbador y hasta demoníaco. Como la escritura de sus microgramas, su mirada era también microscópica y el resultado de su escritura eran libros en los que la anécdota era mínima y la mayor parte de las páginas la ocupaban las reflexiones de los personajes en largos monólogos, estilo que reconoceremos en escritores como Thomas Bernhard, W. G. Sebald o Javier Marías.

Ese estilo, que produce una gran sensación de modernidad, se manifiesta en Los hermanos Tanner (1907), la primera de sus grandes novelas en la que nos cuenta la historia de un gandul —de un gandul con encanto, eso sí—, de alguien que aspira a no hacer nada, lo más opuesto a esa moderna figura del emprendedor, el pretendido nuevo héroe popular. (Conviene prevenir a los prebostes de la CEOE, los profetas del “trabajar más y ganar menos”, para que no lo lean; les puede producir sarpullidos). Simon Tanner, el protagonista, no aspira a nada en la vida: tiene la capacidad (envidiable) de encontrar la felicidad en el disfrute de un día soleado, de un paisaje, de una sesión cervecera, de uno de sus largos paseos. Las mujeres con las que se encuentra en la vida no pueden dejar de quererlo y defenderlo. Su trabajo preferido es el de amanuense, copiar con elegante caligrafía cartas comerciales.

Pero Los hermanos Tanner es también el libro más visionario de Walser, en el que intuye la enfermedad mental heredada que lo llevaría a ser internado en el sanatorio de Herisau, y también intuye la original forma de morir que tuvo, esa bella muerte sobre la nieve al final de un reguero de huellas.

Anuncios