Narrativa arquitectónica

HollisMi vecino es un libro. El viaje en el autobús de la línea 17 desde mi barrio al centro de la ciudad es un libro. Una jornada laboral en la cadena de montaje es un libro. No entiendo por qué uno se lleva un libro a la playa: la playa ya es un libro.

Una catedral, lejos de ser una sucesión de estilos arquitectónicos superpuestos, es un libro. La Alhambra es un libro, literalmente, pues sus muros están llenos de frases en elegante grafía arábiga. Un edificio, pues, es un libro, como quedó bien demostrado en La vida instrucciones de uso, de Georges Perec. Nada dice de esa novela el arquitecto Edward Hollis, autor de La vida secreta de los edificios (Siruela, 2012), aunque creo que el espíritu que anima a ambos es el mismo.

Una vez aceptado el hecho, oigamos lo que los edificios nos cuentan de ellos y de nosotros mismos.

 

Es muy resaltable en este texto el hecho de que tratándose de obras arquitectónicas construidas desde la Antigüedad hasta los tiempos actuales, apenas aparecen palabras como románico, neoclásico, renacentista,  modernista,  gótico, barroco, etc. “Ahora dilo con tus propias palabras”, te decía el profesor cuando repetías como un lorito la lección memorizada. Edward Hollis se tomó en serio esa reprimenda, y así trata de explicarnos la arquitectura (y consecuentemente la realidad) con otro lenguaje. Ha descubierto que hay palabras tan gastadas que ya no nos dicen nada y es necesario buscar otras formas de llegar a alguna verdad.

 

A lo mejor estoy diciendo una tontería, pero tengo la sensación de que la Historia, como disciplina que pretende contarnos nuestro pasado basándose en su afán por el  orden, la sucesión coherente y la clasificación, ha quedado como una herramienta poco eficaz y quizá sean libros como los de Edward Hollis, liberados de la preocupación porque todo encaje como un mecanismo perfecto, los que son capaces de contarnos más cosas de nosotros mismos.