Grecia en zapatillas

HerbertLa de retirarse a un refugio rodeado de libros es una de esas fantasías recurrentes que le vienen a uno a la cabeza cuando se siente derrotado por la vida. Necesitas apartarte a un lado, soltar aquello de «ahí os quedáis» y sumergirte en el universo libresco, tan acogedor, y al mismo tiempo capaz de proyectarte hacia lo desconocido. En mi caso esa fantasía adquiere unas características determinadas: hay que liberarse de la atención por las últimas novedades, ser muy selectivo con la ficción en general y prestar más atención a libros de viajes, de arte, de pensamiento. Suena todo un poco crepuscular, pero las fantasías son como son.

Bueno. Luego viene el asunto de la cantidad, de cuántos libros necesita uno en ese refugio. Hay un escritor español que se pavonea de su biblioteca de 30.000 volúmenes, pero hay que tener en cuenta que este escritor es capaz de desarmar y armar un kalashnikov con los ojos vendados y esa sabiduría no podría adquirirse con una biblioteca más modesta, me temo. En el lado contrario estaría el escritor ítalo-argentino J. Rodolfo Wilcock, al que un único y breve estante de libros colmaba sus necesidades, pues lo único que hacía era leer y releer a Joyce y a Wittgenstein, según nos cuenta su amigo Ruggero Guarini. En lo que respecta a mi fantasía particular supongo que un número de libros razonable para una sola vida y una carretera transitable hacia una librería o biblioteca pública colmarían mis necesidades y evitarían el engorro de la acumulación.

Hacia esa fantasía crepuscular me ha llevado la lectura de El laberinto junto al mar (Acantilado, 2013) del poeta polaco Zbigniew Herbert, un conjunto de ensayos sobre la cultura griega vista desde perspectivas diferentes, desde la erudición histórica, desde el viaje sobre el terreno, desde la biografía de personajes relacionados con la cultura clásica, desde la anécdota. Sin duda tiene todos los ingredientes como candidato ideal a formar parte de mi biblioteca crepuscular. Puedo imaginarme las largas noches de invierno rememorando la luz esplendorosa del Mediterráneo, el azul del mar rodeando las islas griegas, los paisajes arrasados y las ruinas azotadas por el sol inclemente mientras al otro lado de la ventana silba el viento helado y la lluvia azota los cristales. No sería sino una versión extendida de un ritual que practico todos los años: el día más oscuro y desapacible de diciembre me apoltrono en el sofá y me dispongo a ver, por enésima vez, Lawrence de Arabia, la película de David Lean que es un canto al infinito paisaje del desierto y al cielo azul.

El laberinto junto al mar me ha vuelto a poner sobre la mesa el tema de la manipulación de la historia desde un punto de vista diferente: las reconstrucciones fantasiosas de las arquitecturas del pasado. Ya aparecía esta idea en La vida secreta de los edificios, de Edward Hollis, en la que se nos cuenta que el actual aspecto de la catedral de Notre Dame de París obedecía sobre todo a la rememoración mental hecha por Victor Hugo del «proyecto original». Nos cuenta Zbigniew Herbert que el aspecto actual del famoso palacio de Cnosos, en Creta, es fruto de la fantasía de su arqueólogo descubridor, Arthur Evans, a quien no le preocupaba tanto mantener los descubrimientos tal como aparecían, algo que agradecerían los estudiosos, sino que pretendía convertirlo en un espectáculo de masas, aun cuando se perdiera autenticidad. Él sabe que esta forma de actuar tiene muchos detractores, pero se mantiene en sus trece a pesar de que le retiran subvenciones, pues considera el palacio como algo propio, como una obra «suya». Hay algo de desvarío en esa actitud, pero también algo de esa debilidad humana por hacer realidad las más atractivas mentiras. Para Herbert, si los antiguos habitantes del palacio se trasladaran al actual, se sentirían horrorizados, pero quién sabe, pues parece que a veces una buena mentira es preferible a la verdad.


EL PRODIGIO

El comerciante Efrat de Caná estaba harto de recibir gestos de decepción e incredulidad cada vez que contaba que todos los invitados a la dichosa boda, como gesto de aliento al apesadumbrado novio y en un arrebato de humorismo colectivo, bebían el agua que habían puesto en sus jarros entre muestras cómplices de alabanza hacia vino tan delicioso. Así que se acabó: si tanto decepcionaba la verdad a sus conciudadanos, ya no tendría reparos en decirles lo que querían oír. O sea, que sí, que aquel individuo de Nazareth había convertido el agua en vino; así, sin más. Y ya está.

 

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La dinamitera ilustrada

Las teorías salvajes (Alpha Decay, 2010), de Pola Oloixarac

Parece un hecho aceptado que el género humano tiene una clara inclinación a tener teorías sobre cualquier cosa (y a defenderlas hasta el final). Es de suponer que eso tiene que ver con nuestra natural tendencia a explicarnos el mundo y a nosotros mismos. Las teorías son infinitas e inabarcables, y esa dispersión ha generado otra tendencia que consiste en tener una teoría que lo explique todo. Estas teorías totalizadoras se caracterizan por querer las nuevas imponerse sobre las antiguas y la historia del mundo parece que ha consistido en un constante relevo de teorías que se han ido imponiendo unas a otras, con todo el reguero de destrucción y campos humeantes que eso ha ido dejando.

Pero, menos mal, también existe otra tendencia humana que es la saludable opción de ir mandando teorías al carajo. Este trabajo de higiene intelectual, en literatura casi siempre ha elegido el camino de la sátira, lo que ha dado lugar a una larga lista de teorías disparatadas. Baste recordar algunas, como la de aquel científico del que nos hablaba Swift en Los viajes de Gulliver, que trataba de sacar rayos de sol de los pepinos, invirtiendo el proceso de la fotosíntesis. O aquella propuesta de Tristram Shandy de bautizar a los “homunculi” (espermatozoides con las características completas de un hombrecillo) antes de abandonar su alojamiento testicular “avec une petite canulle”, remitida a los doctores de la Sorbona que discutían interminable y escolásticamente la teoría de si era posible bautizar a un niño antes de que naciera. O la Patafísica de Alfred Jarry, ciencia que se dedica al estudio de las leyes que rigen las excepciones.  O la hilarante lista de teóricos de La sinagoga de los iconoclastas, de J. Rodolfo Wilcock

Pola Oloixarac

En Las teorías salvajes, Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977) también utiliza la sátira para poner en solfa algunas teorías. No tiene piedad, por ejemplo, con el psicoanálisis; y lo hace en Argentina, el país que casi hizo de esta teoría parte de su carácter nacional. También salen malparados los ideales de la generación del 68, convirtiéndose así en una nueva aliada de Houellebecq, con el que ya se han señalado sus concomitancias. Pero si hay un tema que recorre la novela de principio a fin, es el de la violencia. Los crueles ritos de iniciación de las comunidades primitivas que figuran a modo de ilustración, el arte de la guerra como estrategia de seducción que practica uno de los personajes, los grupos guerrilleros de los 70… De hecho Oloixarac parece decirnos que la violencia impregna la sintaxis de la vida, nuestra forma de relacionarnos. Todo ello me ha hecho recordar aquella frase de J. Rodolfo Wilcock: “Los utopistas no reparan en medios; con tal de hacer feliz al hombre están dispuestos a matarle, torturarle, incinerarle, exiliarle, esterilizarle, descuartizarle, lobotomizarle, electrocutarle, enviarle a la guerra, bombardearle, etcétera: depende del plan”.

Pero lo que realmente destaca de esta novela de ideas, lo que la rescata de la mediocridad general y la hace original, esa palabra tan demodé, es su lenguaje, el hallazgo de su prosa. Una mezcla de lenguaje teórico-filosófico lleno de erudición y salpicado con la jerga de internet: tenemos la sensación de que nos está hablando una hacker ilustrada. Es una mezcla barroca de alta y baja cultura, una prosa que trata de averiguar el signo de los tiempos en todas las manifestaciones de la cultura, desde Hobbes hasta la serie televisiva Lazos familiares, por poner un par de referencias que aparecen en el libro. Uno puede encontrar una descripción de un manual de guerra del tiempo de los griegos o una serie de instrucciones para hackear el Google Earth y cambiar así el mundo.

Pola Oloixarac es un soplo de aire fresco para la literatura, algo siempre necesario. Habrá que estar atentos a su próxima novela. Parece que tratará de orquídeas.