Recuerdos amalfitanos

TravancoreComo siempre a la hora del bocadillo saco un café de máquina y me siento a leer en una tarima ligeramente elevada que flanquea la cadena de montaje. Un compañero se sienta al lado y me pregunta qué leo. Giro hacia él la portada del libro y le digo:

Los sordos, de Rodrigo Rey Rosa.

Como si no supiese leer.

—¿Qué tal está?— me pregunta.

Le comento que es uno de esos escritores que no sé muy bien si me gusta o no. En ese momento se me ocurre que a lo mejor tengo que escribir sobre él para averiguarlo, y se lo digo.

—¿Qué?

—Es que tengo un blog de libros.

Mi compañero no muestra mayor interés por el tema, pero se apresura a decirme que le gusta mucho Murakami. No he leído nada, le digo, y me recomienda que empiece por Tokio blues. Lo tendré en cuenta.

La conversación continúa en torno a qué escritores nos gustan a uno y a otro, y a cuales detestamos, hasta que en un momento noto que quiere marcharse. Pienso que lo hace para permitirme que siga leyendo pero de pronto recuerdo que una vez comentó que era alérgico a los aromas a limón: congestionado y ojeroso preguntó a todo el mundo a su alrededor si llevaban algún perfume de limón, menos a mí, justo el que lo llevaba. Entre los componentes de mi colonia figuran nombres como limonene, citronellol, citral, hydroxycitronellal, todo muy cítrico. “Pobre hombre”, pienso, “nunca podrá visitar la costa Amalfitana”, ese paraíso napolitano donde reinan los limoneros. Así que puede ser que su pituitaria haya detectado los últimos efluvios de la colonia que me puse a la mañana y le haya empujado a una retirada defensiva.

El caso es que el tiempo de descanso llega a su fin. Suena la sirena de vuelta al trabajo: está estropeada y suena desvaída; parece Mónica Naranjo con gripe.

 

El primer libro que leí de Rodrigo Rey Rosa (Ciudad de Guatemala, 1958) fue El tren a Travancore (2002), y me gustó porque era un juego ligero y fresco, como los limones de Amalfi. Era una novela breve, liviana, recreativa y proporcionaba un efecto balsámico que fue un contrapunto a las espesas novelas-río y los tochos de Marías o Bolaño que yo leía por aquel entonces. Densidad y ligereza, dos conceptos que, aplicados a la escritura, cada uno de ellos puede tener connotaciones positivas o negativas. Hay prosas densas, que conforme uno las va leyendo, se van apelmazando cada vez más y más hasta que adquieren la consistencia del plomo. Es la que produce los llamados libros plúmbeos. Pero también hay prosas densas que hacen que no te puedas despegar del libro: la versión positiva de la densidad son los libros intensos, digamos. No hablemos de la ligereza: unas veces es sinónimo de superficialidad y banalidad, y otras de frescor y placer.

Así que la novelita de Rey Rosa era ligera en el sentido positivo, y aquellas sensaciones que percibí durante su lectura he querido reproducirlas en la lectura de cada uno de sus libros que he ido leyendo después. Habrá que pensar en la posibilidad de que a veces leer es querer revivir viejas sensaciones placenteras. Aunque su estilo de precisión y economía del lenguaje encaja en mis gustos, su manera de hacer que la realidad más oscura de Guatemala se infiltre en sus textos sin caer en un realismo burdo o en el melodrama le confiere un aire de sutileza, siempre tenía una sensación de decepción. Lo mismo ha venido a suceder con Los sordos (2012), su última novela. Una historia en torno a dos desapariciones, una trama que mantiene tu interés, un estilo preciso y sutil pero que no ha colmado mi ya pelma —empiezo a darme cuenta— requerimiento de ligereza y frescor limonero.

Sí, empiezo a darme cuenta de que esa forma de exigir a los libros que te lleven a universos a los que no pertenecen quizás sea una forma de lectura que te va a conducir siempre a la decepción.

Pero también hay cosas que no se pueden evitar.

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